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La democracia herida. Conferencia de París.
"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”
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TEXTO PRONUNCIADO EN EL MARCO DE LA CONFERENCIA "LE TERRORISME. CAMUS ET LA CONSCIENCE", ORGANIZADA POR MED BRIDGE, BAJO LA DIRECCIÓN DE FRANÇOIS ZIMERAY.
La Conferencia se desarrolló en el Palais de Luxembourg, el dia 25 de febrero de 2006.
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LA DEMOCRACIA HERIDA.
« Soy una disidente del Islam ». Con estas palabras Ayaan Hirsi Ali, la diputada somalí que vive bajo el jugo de una condena a muerte fundamentalista, por su lucha a favor de los derechos humanos, encabeza su último grito a Occidente. Compañera del cineasta asesinado Theo Van Gogh, con quien trabajó codo a codo para denunciar la opresión de la mujer en el Islam, su vida está sometida a la presión de una amenaza que la condena por ser mujer, por ser musulmana y por ser libre. Empiezo esta reflexión citando a Ayaan Hirsi Ali porqué su lucha y su tragedia, pero también su soledad, son un fino termómetro de la enfermedad que hoy recorre nuestro cuerpo social. Metáfora de la resistencia en tiempos oscuros, disidente en periodo de pensamiento único, y sobretodo testimonio, Ayaan sostiene dos luchas paralelas: contra el totalitarismo de base islámica, y contra la cultura del “apaciguamiento”, en pleno síndrome Chamberlain, que recorre Europa. De sus palabras extraigo, como inicio de mi conferencia, esta reflexión que hizo en el acto de entrega del premio a la Tolerancia de la Comunidad de Madrid: "Cuando asesinaron a Theo, algunas personas en Holanda reaccionaron diciendo que si no hubiera insultado al Islam no hubiera sido asesinado. Ello pone en evidencia el estado de confusión en el que se encuentran los relativistas de la moral”. Relativismo moral, o, lo que es lo mismo, una enorme confusión de valores que hace pendular a Europa, entre el paternalismo acrítico, el miedo servil y la dejación de responsabilidades. Muchos son los síntomas de alarma y algunos se concentran, no en la amenaza visible del terrorismo o en su no menos aterradora ideología, sino en la incapacidad de nuestros agentes sociales por mantener sólidos los principios de la libertad. Hoy, en el mundo libre, hay miedo, pero como este es un estado de ánimo que no nos podemos reconocer, camuflamos el miedo en alianza de civilizaciones, en paternalismo tercermundista, en cultura de la tolerancia o, directamente, en aceptación del chantaje. Algunas de las derivadas más lamentables del conflicto de las caricaturas danesas de Mahoma, resumirían a la perfección lo que estoy denunciando.
Vayamos por partes. El corolario fundacional de Med Bridge, la organización que tiene la amabilidad de acogernos en estas interesantes conferencias, es muy claro. Quisiera recordarlo por su valor simbolico. Dicen los fundadores de Med Bridge Strategic Center: “Europa no es ella misma si no es fiel a sus valores, y debe asumir las responsabilidades legadas por su historia.” Hablan de Oriente Medio, de un futuro europeo ligado a la paz en la región, del papel que debemos asumir. Pero, en su declaración de intenciones, están hablando del futuro global de nuestra sociedad y nuestra libertad. Ciertamente, Europa no es ella misma si no es fiel a sus valores. Pero como la historia reciente de Europa está repleta de profundas traiciones a esos valores y a sí misma, habrá que activar todos los mecanismos de alerta. Hoy vivimos un nuevo periodo de amenaza totalitaria, heredero natural de los grandes totalitarismos que destruyeron el siglo XX, y aunque son distintas las circunstancias y la propia naturaleza del fenómeno, los retos que plantea son parecidos. El integrismo fundamentalista no es una religión, pero usa perversamente la mística religiosa. No es una cultura, pero bebe de las fuentes de una cultura global. No es una causa nacional, pero utiliza todas aquellas causas nacionales que pueblan el planeta islámico. Además, es ferozmente antimoderno, pero usa sin complejos la tecnología más avanzada. Como dije en su momento, a raíz del terrible atentado del 11-M en Madrid, “nos matan con móviles vía satélite conectados con la Edad Media”. Y aunque su coartada es religiosa, resulta ser, como todo totalitarismo, amante de la muerte. Extraña contradicción: ¡la defensa del nihilismo en nombre de Dios!. Más allá de causas coyunturales, con sus motivos y sus derechos, existe una ideología supranacional que ha declarado la guerra a la Modernidad. Es decir, a los principios democráticos que la rigen. En cierto sentido, condenando a muerte a los Salman Rushdie de nuestros tiempos, el integrismo islámico está intentando degollar al propio Voltaire.
Es una ideología totalitaria, pero usa las miserias y las grandezas de nuestras democracias para combatirnos, y ahí empieza el enorme reto que tenemos planteado. “Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia”, aseguró no hace demasiado tiempo el jeque Omar Bin Bakri, y no lo hizo desde una madraza coránica en Karachi o en el Sudán. Lo hizo desde su condición de ciudadano británico, perfectamente asentado en los privilegios que le otorgaba dicha ciudadanía. Ante este doble reto, ideológico y violento, que ya ha matado a miles de personas y ha fanatizado a millones, cabe preguntarse como conseguiremos mantener los principios democráticos y, a la vez, combatir con toda la dureza al terrorismo. Difícil equilibrio cuyos límites son imprecisos y probablemente flexibles. ¿Estamos haciendo lo correcto? Más aún, ¿estamos haciendo lo necesario? O, como ocurrió ante el nazismo y también ante el estalinismo, ¿sacamos a pasear nuestro paraguas de apaciguamiento, vamos a saludar al totalitario de turno, y dormimos la siesta de los justos? Lo dije al inicio de este texto, y a ello me remito: me temo que el fantasma de Chamberlain ha vuelto de paseo.
Empezaré por lo más fácil, aunque resulta bastante complejo: el terreno de la seguridad. Sin duda la democracia no puede traicionar sus principios fundamentales, sin traicionarse a si misma, pero puede activar todos sus mecanismos legales para luchar, desde la legalidad, contra una amenaza violenta. En este sentido, creo que es necesario revisar las leyes, los códigos penales y toda la red legal que nos ampara, para descubrir qué resquicios, qué fisuras utiliza el terrorismo para colarse. No todo puede ampararse en el paraguas de la libertad individual, religiosa o asociativa, y el ejemplo más claro lo dio Francia expulsando a imanes integristas, o el propio Tony Blair alentando una ley que persigue la apología del integrismo en las mezquitas. A diferencia de estos dos países, el ministro español de interior dio evidentes muestras de no entender nada cuando aseguró, en pleno debate de la ley Blair, que “en España hay libertad de culto”. La hay, y la democracia ampara ese derecho fundamental. Sin embargo, ¿qué tiene que ver la religión, con la llegada masiva de imanes wahabies, profusamente pagados por Arabia Saudí, que inundan las mezquitas europeas de discursos antioccidentales y antidemocráticos, en un planificado proceso de colonización ideológica?; ¿qué tiene que ver la trascendencia espiritual de cada religión, con los ulemas que alientan el ritual del martirio y enseñan a amar a Dios odiando a los demás?; y, ¿qué tiene que ver la religión con el desprecio a las mujeres, su segregación y su esclavitud? Una mezquita donde se reza a Alá, es un lugar de culto. Una mezquita donde, en nombre de Dios, se alaba a la muerte, es una fábrica de intolerancia, fundamentalismo y, en su última consecuencia, terrorismo. Por lo mismo, un imán es un ser espiritual. Pero un imán que usa su privilegiada condición espiritual para alentar la violencia, es un delincuente. Si la democracia quiere mantener los principios de la libertad, no puede caer en el liberalismo amoral, sino que tiene que tomar partido en contra de los enemigos de dicha libertad. Porqué un ciudadano musulmán de nuestros países, es una pieza fundamental de la condición multicultural de una sociedad libre. Pero un fanático integrista es, claramente, un enemigo. Las sociedades democráticas tienen que tener claro un principio fundamental de la democracia: que, a pesar de nuestra entrañable cultura de mayo del 68, el verbo prohibir es una garantía. O adecuamos nuestras libertades a los límites que las garantizan, o, como dice el imán Bakri, las pueden utilizar para destruirnos.
¿Qué propongo? Aquello que parece evidente y que, en poca o mucha medida, empieza a hacerse en Europa: la consideración de terroristas para los ideólogos del terror y, en consecuencia, su persecución legal. Es tan importante, para garantizar la seguridad democrática, cazar las células suicidas, como desmontar las redes intelectuales y culturales del integrismo. Redes que a menudo se alimentan de nuestras ayudas sociales, se transmutan en ong´s solidarias, se organizan en asociaciones culturales y religiosas e incluso consiguen ser los interlocutores de nuestros propios gobiernos. ¿Hemos investigado, mínimamente, las ong´s islámicas que pueblan nuestras redes internáuticas? ¿Conocemos sus discursos antioccidentales y furibundamente antisemitas? Resulta evidente que la lucha contra el terrorismo no puede ni debe producirse destruyendo las libertades individuales. Pero resulta evidente, también, que nuestros sistemas legales contienen márgenes de actuación que aún no hemos explotado seriamente. Y no me refiero a actuaciones vergonzantes que recorten, innecesariamente, las libertades individuales. Pero, entre un Guántamo, y el liberalismo más extremo, hay un campo de actuación amplio, sensato y racional. Ese campo, en muchos países europeos, aún está inexplorado. Policialmente hemos empezado a hacer los deberes. Políticamente, socialmente e intelectualmente, estamos lejos de asumir de forma prioritaria nuestra responsabilidad. Al contrario. Hoy por hoy, muchas de las políticas, de las declaraciones, de las corrientes de opinión, son, de forma inconsciente o consciente, activos aliados de la locura integrista. La famosa y mítica frase de Martin Luther King, “lo que me preocupa no es la maldad de los malos, sino el silencio de los buenos”, está más vigente que nunca.
¿Cuáles son los agujeros negros de nuestra actuación colectiva? La primera irresponsabilidad, en la defensa de las libertades democráticas, se produce en el ámbito de la actuación política, cuyo doble rasero en función de los interlocutores, ha sido letal. El ejemplo de Oriente Medio es, en este sentido, paradigmático. Durante años Europa ha criminalizado a Israel, la única democracia que existía en la zona, ha alimentado un discurso paternalista y heroico de Arafat y, con él, de todos los movimientos palestinos, incluyendo los terroristas, ha impedido el control democrático de las ayudas occidentales, ha minimizado la ingerencia de diversas dictaduras árabes en el conflicto –todas contrarias a la paz-, y, por el camino de defender intereses espurios, ha ayudado, consolidado y mimado a las diversas teocracias, ricas, fanáticas y dictatoriales, que dominan la zona. Durante décadas hemos abandonado a los ciudadanos musulmanes a la suerte de los regimenes despóticos que los han empobrecido y fanatizado, y que no solo no los han preparado para la democracia, sino que los han vacunado contra ella. Décadas de integrismo islámico oficial, estructurado, convertido en pensamiento único, y perfectamente oficializado con su silla en la ONU y sus nobles alianzas occidentales, han sido el caldo de cultivo de una ideología mortífera. ¿Es comprensible que cincuenta años de petróleo no hayan generado ni un solo premio Nobel? Más aún, ¿es comprensible que la tragedia de millones de mujeres sometidas a códigos penales esclavistas, no hayan preocupado a ni un solo ministro de exteriores europeo? Y ¿qué decir de la ONU, auténtico blanqueador de dictaduras infames que no solo la han secuestrado en sus decisiones, sino que la han utilizado para legitimizar aquello que resulta ilegítimo? Mientras la ideología totalitaria del fundamentalismo islámico iba creciendo en los barrios periféricos de El Cairo, en los suburbios de Karachi o en las barriadas lujosas de Riad, el mundo occidental enviaba estos tres mensajes letales: un dictador islámico es un interlocutor (no así un dictador fascista); la opresión de la mujer no preocupa a nadie; e Israel es el principal culpable de todos los males. El ámbito político no solo no ha estado a la altura del derecho internacional, sino que ha minimizado al terrorismo, ha dado cobertura al despotismo fanático y no ha considerado un problema que 1.300 millones de musulmanes vivieran sin democracia en el mundo. Es decir, sin educación para la democracia.
Muchos serían los ejemplos que podría presentar, pero hay uno de emblemático. La cobertura política, como referente épico, intocable e incuestionable, de un líder violento, corrupto y dictatorial que llevó a los palestinos, durante décadas, por los caminos estériles de la guerra. Arafat fue el nuevo Che Guevara de la Europa post-mayo 68, y por el camino de convertirlo en mártir, se admitió todo. Incluso hacer una lectura maniquea del conflicto árabe-israelí, criminalizar a Israel en todas sus decisiones, y abandonarla a su suerte. Hamás es, en parte, el resultado de nuestras miserias. Y podríamos añadir la vergüenza de querer juzgar a Sharon, pero no investigar ni un solo crimen cometido por las dictaduras de Medio Oriente, el abandono de la tragedia de Darfur a su propia suerte, o las muchas genuflexiones que han hecho algunos políticos europeos ante el conflicto de las caricaturas de Mahoma. Por ejemplo, el papel de Chirac, y ello a pesar de la enorme dignidad del periodismo francés durante el conflicto. O el triste papel de Zapatero, firmando un artículo casi de petición de perdón al Islam. La última vergüenza, la protagonizada por otro español, Javier Solana, cuando, en un viaje a Arabia Saudí, mientras se quemaban embajadas, se proferían amenazas de muerte y se llenaba la calle de la abigarrada estética del fanatismo, pidió que la islamofobia fuera equiparada, como delito, con el antisemitismo. El maestro Solana consiguió, con ello, dar la imagen perfecta del europeo chamberliano: en un país que destruye todos los derechos fundamentales, no dijo nada de la libertad, banalizó el antisemitismo como si fuera una versión cualquiera de racismo -con lo cual, banalizó la Shoá-, y confundió la libertad de expresión de unos dibujantes daneses, con la islamofobia. Es decir, aceptó la presión violenta de los grupos fundamentalistas islámicos, como si fuera la manera natural de debatir los conflictos. Aceptó, por tanto, el chantaje. Lo peor es que con este tipo de actitudes, y bajo el pretendido paraguas de un bonito titular, la alianza de civilizaciones, estamos dejando huérfanos de representación a los musulmanes democráticos. Ciertamente, alianza de civilizaciones, pero ¿con quien?, ¿Con el islamo-nazi Ajmadinejad, o con la diputada Ayaan Hirsi?; ¿con los imanes que soliviantan las calles, o con la oposición democrática marroquí? ¿Con Tariq Ramadan, o con Salman Rushdie?
Si en el ámbito político, no parece que estemos a la altura, el ámbito intelectual carece de algunos de los principios que tendrían que regir su responsabilidad histórica. En este sentido, el papel de los intelectuales como vanguardia del pensamiento, ha sido, en muchos casos, deplorable. Auténticos artífices de la creación de un pensamiento antiisraelí, han proyectado una imagen paternalista de los activos terroristas islámicos, han confundido causas legítimas con ideologías perversas y han relativizado el impacto que todo ello podía comportar. Es decir, no han estado, globalmente, y salvo las notables excepciones que conocemos, a la altura de las circunstancias. Es cierto que se han alzado las voces de los Glucksmann y los Alain Filkenkraut, pero también lo es que las Universidades, los pensadores políticamente correctos y los foros de opinión han preferido escuchar a los Saramagos. Unos Saramagos que lloraban con el ojo izquierdo cada víctima palestina en manos israelíes, pero nunca lloraron los más de cien mil muertos del integrismo en Argelia, el millón muertos de la locura fundamentalista sudanesa, los centenares de muertos palestinos en manos árabes, o los miles de libaneses cristianos asesinados por palestinos. Por supuesto, por no llorar, nunca lloraron ni una sola víctima israelí, ni globalmente judía. Miremos el último y terrible caso de Ilan Halimi y el hecho, denunciado por Primo-Europe, en su carta al ministro Nicolas Sarkosy. Reproduzco un parágrafo:
« Ilan Halimi avait 23 ans. Il a été kidnappé, torturé, puis tué. Cet assassinat avait été précédé de plusieurs tentatives d’enlèvement. 80% des victimes du gang des barbares (sans guillemets) appartiennent à la communauté juive, qui représente 1% de la population française.Les chiffres ne laissent place à aucune ambiguïté, à aucun déni. »
Sin embargo, ¿hemos contemplado una alarma intelectual por el creciente antisemitismo que sufren nuestras sociedades? ¿Qué hubiera ocurrido si las víctimas lo fueran por su condición de musulmanas? Determinada intelectualidad practica una indecente solidaridad selectiva.
Esa solidaridad selectiva, en función de quien muere y de quien mata, es la metáfora de la traición intelectual. Una traición que ha comportado el abandono de la causa femenina, el abandono de la lucha contra la judeofobia y, lo que es aún peor, el abandono de la defensa global de la libertad. Entre el dogmatismo antimoderno de los herederos del estalinismo, y el relativismo moral de los gurús del pensamiento débil, el mundo intelectual no ha sido capaz de crear una conciencia colectiva ante el reto que nos amenaza.
¿Qué pueden hacer las democracias frente a la locura terrorista?, se pregunta este Congreso ¿Cómo mantenemos nuestras libertades y, a la vez, protegemos la seguridad? Estas serían mis propuestas básicas de actuación:
1.- Revisar los códigos penales y civiles, para adecuarlos a la nueva amenaza que estamos padeciendo. Ello implica la persecución legal de toda la red ideológica y social del fundamentalismo islámico, incluyendo imanes que promueven la violencia, ong´s que la exaltan y todo tipo de propaganda que aliente la destrucción de los valores democráticos. El fundamentalismo islámico es una forma de fascismo. Tiene que ser tratado como lo que es, una ideología totalitaria que ha declarado abiertamente la guerra a la Carta de derechos fundamentales. Perseguir policialmente a los autores de los actos terroristas, y no perseguir a los ideólogos asentados en nuestras sociedades y que gozan de todos los instrumentos democráticos para su cruzada, es un error que estamos pagando. En este sentido, cualquier paternalismo hacia el fundamentalismo, con la sana intención de proteger la multiculturalidad, es una auténtica irresponsabilidad. La democracia tiene que garantizar la pluralidad de culturas de nuestras sociedades. Con la misma intensidad, tiene que combatir a aquellos que usan esas culturas como coartada para imponer una ideología totalitaria
2.- Considerar la lucha contra el antisemitismo como una prioridad política, intelectual y, por supuesto, policial. ¿Por qué el antisemitismo como prioridad, y no el racismo o la islamofobia o cualquier expresión de xenofobia? Porqué el antisemitismo es, de todas las formas de intolerancia, la que más ha matado en la historia, la que ha conformado una auténtica escuela de odio, y la única que ha sido capaz de crear una industria de exterminio. Podríamos decir que el antisemitismo es la escuela primera de la intolerancia y que el hecho de que hoy, en el mundo, vuelva a ser un fenómeno en claro apogeo, es un indicador de la gravedad de la situación. Un termómetro que avisa de la fiebre que padecemos. 1.300 millones de ciudadanos están siendo educados, de forma sistemática, en el odio a un pueblo cuya dimensión no llega a los 13 millones de personas. En un estudio sobre el antisemitismo islámico titulado “Viaje al infierno”, que tuve el honor de preparar para el Centro Simon Wiesenthal de París, lo expresé en estos términos: “el antisemitismo islámico ha conseguido aunar todas los lugares comunes de la judeofobia, desde los religiosos, hasta los sociales o políticos, y así se encuentran en alegre compañía desde los mitos infantiles del antisemitismo medieval cristiano, pasando por los político-sociales de la Orjana rusa en sus “Protocolos”, hasta los modernos del antisionismo (entendido como combate contra el “imperialismo) o los propios mitos coránicos.” Son tan populares las Suras dedicadas a los judíos, como leídos son el “Mein Kampf” o los propios Protocolos, y ello desde Siria hasta Malasia, desde Sudán hasta Palestina. No solo no existe una revisión de los prejuicios históricos, sino que personajes de siniestro pasado como el antiguo gran mufti de Jerusalén, Haj Amin Al Husseini, amigo personal de Ribbentrop, Rosenberg y Himmler, responsable del escuadrón “Hanjar” que provocó la matanza del 90% de los judíos bosnios y responsable, también, de haber presionado a Adolf Eichman para que no pactara, con el gobierno Británico, el intercambio de prisioneros de guerra alemanes por 5.000 niños judíos que debían ser embarcados hacia Tierra Santa, y que viajaron a Polonia, son considerados héroes épicos. Como dice el estudioso del fenómeno Patricio Brodsky, “el antijudaísmo en el mundo árabe alcanza el rango de sentido común”, “ocupa un lugar central en el pensamiento hegemónico dominante –único- en la totalidad de los países árabes, y, por la vía de la iteración de los prejuicios construida como política de Estado, va creando lentamente el consenso de que “los judíos no son parte de la humanidad”. De ahí resulta fácil la educación masiva en el estigma, el prejuicio y el odio a los judíos. En la mayoría de los casos, ese odio va de la mano del odio a los occidentales. Al fin y al cabo, ¿no es el judío el paradigma de los valores occidentales? Y así hemos contemplado, sin elevar ni una sola resolución de condena, como la televisión pública egipcia emitía, en pleno Ramadán, una serie basada en los Protocolos y el mito del complot judío internacional, como se enseña a odiar a los judíos en los libros de texto palestinos que pagamos con dinero europeo o más cerca aún, como en siete países europeos, se acaba de estrenar la producción más cara de la historia del cine turco, “El Valle de los Lobos-Iraq”. Esta película, que puede verse en 68 cines en Alemania, relata hechos como el asesinato masivo de niños y mujeres iraquíes para enviar sus órganos a Israel, en linda conexión con el mito cristiano medieval de los judíos bebedores de sangre de niños cristianos. Protagonizada por el famoso actor turco Necati Sasmaz, relata la lucha heroica del agente turco Polat Alerndar contra Sam Marshall, un comandante de las fuerzas especiales norteamericanas que actúa como virrey de la zona. Marshall es un sádico que no tiene reparos en asesinar, deportar y torturar a civiles con tal de imponer la hegemonía de Estados Unidos. Uno de los compinches de Marshall es un médico judío - una especie de doctor Mengele- que trabaja en la cárcel de Abu Ghraib y le ruega al villano que no le envíe a los prisioneros moribundos porque los necesita vivos para quitarles los órganos. Este libelo merecedor de un espacio de honor en la biblioteca de Goebbels, no solo es un éxito en Turquia, sino que lo es ¡en la Alemania turca! Y no parece que pase nada...
Combatir, pues, el antisemitismo tiene que ser una prioridad en nuestras sociedades, porqué es la puerta de entrada del desprecio a todos los valores que nos representan. Aprendiendo a odiar a los judíos, se aprende a odiar.
3.- En la misma jerarquía de prioridades, es fundamental fortalecer nuestro compromiso democrático con los derechos de la mujer, porqué la esclavitud de la mujer es la piedra angular del discurso fundamentalista. Si, aprendiendo a odiar a los judíos, los niños musulmanes aprenden a odiar los principios de la tolerancia, aprendiendo a despreciar a la mujer, son educados en el desprecio a la igualdad . Cuando la propia madre, la propia hija, la propia esposa no está en un plano de igualdad y respeto, sino que puede ser sometida, despreciada y segregada, la sociedad se fundamenta en una honda miseria moral. El marido dominante puede ser, a su vez, el siervo dominado, y así hasta llegar a la pérdida absoluta de identidad. Sostengo, con convicción, que la misoginia islámica es la base de la cultura del martirio. El problema no es menor cuando encontramos, en nuestros propios barrios periféricos, un aumento alarmante del machismo más violento. No es una casualidad y va parejo al aumento del integrismo. Sin embargo, también aquí estamos fracasando, y permitimos, con la excusa de respetar el Islam, un auténtico retroceso de los derechos de las mujeres.
¿Qué decir, además, de la bondad con que toleramos que existan en el mundo decenas de países cuyos códigos penales convierten a las mujeres en esclavas? ¿Toleraríamos una nueva Sudáfrica racista? Y sin embargo toleramos alegremente las Arabias, las Qatar, las Iran sexistas.
No es un tema baladí, sino un auténtico tour de force entre el Islam y la democracia, de ahí la importancia de prohibiciones como el del velo en las escuelas francesas. Francia ha hecho algunos pasos, pero la mayoría de países estamos permitiendo, tolerando y hasta “comprendiendo” la segregación de nuestras mujeres musulmanas.
4.- En la misma línea de recuperación de valores, también es fundamental que nuestra prensa y nuestra intelectualidad dejen de criminalizar al estado de Israel, porqué por ese camino lo único que consiguen es enviar mensajes equívocos al mundo islámico, legitimar los discursos de las tiranías judeofobas de la zona, y abandonar los caminos de la paz. No se está más cerca de la paz minimizando el terrorismo palestino. Ni se está más cerca de la causa palestina. Solo se está más cerca de la demagogia integrista.
5.- Y sí, sería necesario presionar con más seriedad los países que tiranizan a sus ciudadanos y los educan en el fanatismo. El principal enemigo del Islam es la falta de libertad. Y, por ende, es nuestro principal enemigo. Entiendo que la geopolítica no asume valores, sino intereses. Pero Europa, ¿no ha sido demasiado comprensiva con la implicación de Siria e Irán en la logística terrorista? ¿No es demasiado indiferente con la locura sudanesa? Ni la ONU está a la altura del momento, demasiado entretenida en demonizar a Israel como para preocuparse por unas cuántas dictaduras árabes, que secuestran su asamblea general, ni lo están la mayoría de nuestros propios países. Aún no hemos entendido que Irán no es un país exótico, con ideas feudales y un poco de extremismo. Irán, como otros países de la zona, es una gran fábrica de odio antioccidental, antidemocrático y antisemita. Es la Alemania nazi del siglo XXI, pasado por el tamiz del discurso islámico.
6.- Finalmente, ¿podemos recortar derechos individuales, en materia de vigilancia, detención, control, para garantizar la seguridad? Este debate, en la mayoría de los países, está siendo planteado en términos falaces. De hecho, la democracia revisa permanentemente sus leyes para adecuarse a los retos que la sociedad plantea, y los códigos penales se recortan o reformulan en función de cada momento. ¿O no hemos recortado derechos en la lucha contra el maltrato, por poner el ejemplo más abrupto? Si hoy tenemos una amenaza que viaja en metro o en tren, o vuela en aviones conducidos por máquinas de matar humanas, ¿cómo no vamos a recortar algunos derechos individuales? ¿Cómo no vamos a aumentar los controles y la presión policial? No estamos destruyendo la democracia, estamos apuntalando sus grietas. De hecho, la estamos defendiendo. Lo difícil es saber medir los límites.
"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”, aseguró Albert Camus hace ya algunas décadas. Y ahí tenemos el miedo de algunos dirigentes europeos por unos simples dibujos de Mahoma. Lejos de combatir a los fanáticos, decidimos coartar la libertad. ¿Quién va a dibujar, ahora, a Mahoma? Ahí tenemos a Solana hablando de islamofobia en la Arabia donde se destruyen todos los derechos fundamentales. Ahí tenemos a la bonita Rusia tomando el te con Hamas. Ahí tenemos a Kofi Annan más preocupado por la democracia israelí que por decenas de tiranías. Ahí tenemos nuestras miserias al sol, y de esas miserias se alimenta la hidra totalitaria. Camus y la conciencia. De ello se trata. De recuperar la conciencia de la razón frente al fanatismo, la tolerancia frente al odio, la cultura de la vida frente al culto a la muerte. Y de recuperar la conciencia de nuestra responsabilidad con la libertad. Nuevamente Camus y con el finalizo:
“A pesar de las ilusiones racionalistas, e incluso marxistas, toda la historia del mundo es la historia de la libertad."
PILAR RAHOLA
www.pilarrahola.com
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Pilar Rahola
27/02/2006
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Wounded Democracy
"Totalitarian tyranny does not arise out of the virtues of the totalitarians but from the failings of democrats"
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“I am an Islamic dissident.” With these words Ayaan Hirsi Ali, the Somali representative [in the Dutch Parliament] who lives under the yolk of a fundamentalist death sentence because of her battle for human rights, begins her latest cry to the West. Companion of the murdered director Theo Van Gogh, with whom she worked side by side to denounce the oppression of women in Islam, her life is subject to a threat that condemns her for being a woman, for being a Muslim and for being free. I begin this reflection by quoting Ayaan Hirsi Ali because her struggle and her tragedy, but also her solitude, are an accurate thermometer for the sickness that today courses through our social body. A metaphor for resistance in dark times, a dissident in a period of group think, and above all a testimony, Ayaan is waging two parallel battles: against Islam-based totalitarianism, and against the culture of appeasement, in full-blown Chamberlain syndrome, that is running through Europe. From her words I have extracted this reflection that she made upon receiving the Prize for Tolerance from the Madrid Community: “When they killed Theo, some people in Holland reacted by saying that if he hadn’t insulted Islam he wouldn’t have been killed. This shows the moral relativists’ state of confusion.” Moral relativism, or what is the same thing, an enormous confusion of values that causes Europe to swing between uncritical paternalism, servile fear and the abandonment of its responsibilities. Many are the alarm bells and some are concentrated, not in the visible threat of terrorism or in its no less terrifying ideology, but rather in the incapacity of our social agents to keep freedom’s values firm. Today in the free world there is fear, but since this is a state of mind that we are incapable of recognizing in ourselves, we camouflage our fear with the alliance of civilizations, third-world paternalism, the culture of tolerance or, directly, in submitting to the blackmail. Some of the most regrettable consequences of the conflict over the Danish caricatures could sum up perfectly what I am saying.
Let’s proceed by steps. The founding corollary of Med Bridge, the organization that has been so kind as to welcome us in these interesting lectures, is very clear. I would like to recall it here on account of its symbolic value. The founders of the Med Bridge Strategic Center state: “Europe will be itself only if it remains faithful to its own values; it has to face its responsibilities based on its own history.” They speak of the Middle East, of a European future tied to peace in the region, of the role we should play. But in their declaration of intentions they’re [also] talking about the global future of our society and our freedom. To be sure, Europe is not Europe if it is not faithful to its values. But since its recent history is replete with profound betrayals of those values and of itself, one must activate all the warning mechanisms. Today we live in a new period of a totalitarian threat, the natural heir of the great totalitarianisms that destroyed the Twentieth Century, and although the circumstances and the actual nature of the phenomenon are different, the challenges that it sets forth are similar. Reactionary fundamentalism is not a religion, but it perversely use religious mysticism. It is not a culture, but it drinks from the springs of global culture. It is not a national cause, but it utilizes all the national causes that inhabit the Islamic world. Furthermore, it is ferociously anti-modern, but it uninhibitedly uses the most advanced technology. As I once said with respect to the horrible attack on March 11th in Madrid, “they kill us via satellite with cell phones hooked up to the Middle Ages.” And although its alibi is religious, it turns out to be, like every totalitarianism, enamored of death. Strange contradiction: the defense of nihilism in the name of God! Beyond the causes of the moment, with their origins and rights, there exists a supranational ideology that has declared war on Modernity. That is, against the democratic principles that govern it. In a certain sense, by condemning the Salman Rushdies of our times, Islamic fundamentalism is trying to lop off Voltaire’s head.
It is a totalitarian ideology, but it uses the wretchedness and the greatness of our democracies to fight us, and therein lies the enormous challenge that we face. “We shall use your democracy to destroy your democracy,” vowed, not long ago, Sheik Omar bin Bakri, and not from some madrassa in Karachi or Sudan. He did so from his position as a British citizen, perfectly secure in the privileges that said citizenship granted him. In the face of this double challenge, ideological and violent, that already has killed thousands and fanaticized millions, it is appropriate to ask oneself how we shall manage to preserve democratic principles and, at the same time, unreservedly battle terrorism. A difficult balancing act whose limits are imprecise and probably flexible. Are we doing what is right? But more to the point, are we doing what is necessary? Or, as happened in the face of nazism and also stalinism, do we go out for a stroll with our appeasement parasol to greet the current totalitarian of the day, and then to sleep the sleep of the just? I said it at the beginning of this text, and I come back to it: I fear that Chamberlain’s ghost has returned to our streets.
I shall begin with the easiest part, although it is rather complex: the issue of security. Undoubtedly democracy cannot betray its fundamental principles without betraying itself, but it can activate all its legal mechanisms to struggle, legally, against a violent threat. To this end, I believe that it is necessary to revise the laws, the penal codes and the entire legal network that protect us to discover what cracks, what fissures terrorism is using to infiltrate itself. Not everything can be sheltered beneath the umbrella of individual and religious freedom and freedom of association, and the clearest example was given by France in expelling fundamentalist imams, or by Tony Blair in his support for a law that prosecutes islamist proselytizing in mosques. Unlike these two countries, the Spanish Minister of the Interior gave clear signs of understanding absolutely nothing when in the midst of debate on the ‘Blair Law’ he affirmed that “... in Spain there is freedom of worship.” There is, and democracy supports that fundamental right. All the same, what does religion have to do with the massive arrival of Wahabbist imams, generously funded by Saudi Arabia, who flood European mosques with anti-Western and anti-democratic harangues in a calculated process of ideological colonization? What does the spiritual transcendence of each religion have to do with the ulema who nourish the ritual of martyrdom and who teach that the love of God comes by hating others? And what does religion have to do with scorning women, segregating them and enslaving them? A mosque where one prays to Allah is a place of worship. A mosque where, in the name of God, one lauds death is a factory of bigotry, fundamentalism and, ultimately, terrorism. By the same token, an imam is a spiritual being. But an imam who uses his privileged spiritual condition to foster violence is a criminal. If democracy wishes to maintain the principles of freedom, it cannot fall into amoral liberalism, but must rather take sides against the enemies of said freedom, because a Muslim citizen in our countries is a fundamental piece in the multicultural condition of a free society. But a fanatical fundamentalist is clearly an enemy. Democratic societies have to keep a fundamental principle of democracy clear: that, in spite of our dearly beloved May 1968 culture, the verb 'to prohibit' is a guaranty. Either we accommodate our freedoms to the limits that guaranty them, or, as Imam Bakri says, they may be used to destroy us.
What do I propose? That which seems obvious and, in greater or lesser degree, is starting to take place in Europe: To treat the ideologues of terror as terrorists and, as a consequence, to prosecute them. In order to guaranty democratic security, it is as important to dismantle the intellectual and cultural networks of fundamentalism as it is to hunt down the suicide cells. Networks that often are fed by our social assistance, transmuted into NGOs in solidarity, are organized into religious and cultural associations and even may end up being the spokesmen of our own governments. Have we even minimally investigated the Islamic NGOs that abound on our internet networks? Are we familiar with their anti-Western and raving anti-Semitic diatribes? It's clear that the battle against terrorism cannot and must not involve the destruction of individual liberties. But it is also clear that our legal systems contain ample margins for action that we have still not seriously exploited. And I am not referring to shameful actions that cut back on, unnecessarily, individual freedoms. But between a Guantanamo and the most extreme liberalism there is a rational, sensible and wide field of action. In many European countries that field lies still unexplored. Our police have begun to fulfill their obligations. Politically, socially and intellectually we are far from making this a priority responsibility. On the contrary. As of today, many of the policies, the declarations, the currents of opinion are, consciously or unconsciously, active allies of fundamentalist insanity. The famous and mythic phrase of Martin Luther King, “what worries me is not the wickedness of evil men, but the silence of good men,” is as pertinent today as ever.
What are the dark omens of our collective behavior? The first irresponsibility in the defense of democratic freedoms has taken place in the political sphere wherein the double standard toward the various spokespersons has been deadly. In this regard, the example of the Middle East is paradigmatic. For years Europe has criminalized Israel, the only democracy that existed in the area; it has fed a paternalistic and heroic portrayal of Arafat and, along with him, of all the Palestinian groups, including the terrorists; it has helped, consolidated and pampered the various rich, fanatical and dictatorial theocracies that dominate the region. For decades we have abandoned Muslim citizens to the whims of the despotic regimes that fanaticized and impoverished them, and that not only have failed to prepare them for democracy, but have immunized them against it. Decades of official Muslim fundamentalism, organized and transformed into group think, and neatly made official with its seat at the UN and its noble Western alliances, have become the witches brew for a deadly ideology. How does one account for the fact that fifty years of oil wealth have not generated a single Nobel Prize winner? And that’s not all. Can one explain the tragedy of the fact that millions of women subjected to enslaving penal codes have not caused the concern of a single European foreign minister? And what can you say about the UN, the official whitewasher of infamous dictatorships that has not only had its decisions hijacked by them, but has also been a tool for them to legitimize what is illegitimate. While the totalitarian ideology of radical Islam grew on the outskirts of Cairo, in the shantytowns of Karachi, or in the plush quarters od Ryad, the Western world sent these three lethal messages: An Islamic dictator shall be recognized as a legitimate spokesperson; no one cares about the oppression of women; Israel is the chief culprit for all the ills. Politics has not only fallen below the norms of international law, it has minimized terrorism, given shelter to despotic fanaticism and had no problem with the fact that 1,300,000,000 Muslims lived without democracy. That is to say, without any education in democracy.
Many are the examples that I could give, but one is emblematic. The political cover, as an epic, untouchable and unquestionable reference point, given to a violent, corrupt and dictatorial leader who for decades led the Palestinians along the sterile paths of war. Arafat was the new Che Guevara of post May ‘68 Europe, and in the process to turning him into a martyr, everything was permitted. This included a Manichean framing of the Israeli-Arab conflict in which every decision of Israel was criminalized as it was abandoned to its fate. Hamas is, in part, the result of our wretchedness. And I could add to the list our shame in wanting to try Sharon but not investigating even one crime committed by the dictatorships of the Middle East, the abandoning of the tragedy of Darfur to its fate, or the many genuflections that certain European politicians have made in the face of the Muhammad cartoon conflict. For example, the role of Chirac, and this in spite of the immense dignity of the French press during the conflict. Or the pitiful role of Zapatero, signing an article that nearly asks Islam for forgiveness. The most recent scandal, acted out by another Spaniard, Javier Solana, who, on a trip to Saudi Arabia, as embassies burned, death threats were hurled and the streets filled with the motley aesthetic of fanaticism, asked to have islamophobia legally
equated with anti-Semitism. Maestro Solana managed, thereby, to give the perfect image of chamberlainian Europe: In a country that destroys all fundamental rights, he said nothing about freedom, he trivialized anti-Semitism
as if were just another form of racism – with which he trivialized the Shoah –, and confused the freedom of expression of some Danish cartoonists with islamophobia. That is to say, he accepted the violent pressure of fundamentalist Islamic groups as if it were the natural way to debate the conflicts. In so doing, he bowed to the blackmail. The worst part is that with these kinds of attitudes, and beneath the hoped for umbrella of a flattering headline – the alliance of civilizations – we are orphaning democratic Muslims from representation. To be sure, an alliance of civilizations, but with whom? With the Islamo-Nazi Ahmadinejad, or with Representative Ayaan Hirsi? With the imams that incite the Muslim ‘street,’ or with the democratic Moroccan opposition? With Tariq Ramadan, or with Salman Rushdie?
If it seems that we fall short in the political sphere, the intellectual sphere lacks some of the values that ought to guide its historical responsibility. In this sense, the role of intellectuals as the vanguard of thought has been, in many cases, deplorable. As true fashioners of the creation of anti-Israeli thought, they have projected a paternalistic image of Islamic terrorist activities, they have confused legitimate causes with perverse ideologies and they have rationalized the impact that it all might cause. That is to say, they have not been, globally speaking, and with notable exceptions that we’re familiar with, up to the demands of the circumstances. It is true that the voices of [intellectuals such as] Glucksmann and Alain Filkenkraut have been raised, but it is also true that the universities, politically correct thinkers and forums of opinion have preferred to listen to the Saramagos. Saramagos who wept with their left eye for each Palestinian victim at the hands of the Israelis, but never wept for the more than 100,000 dead victims of fundamentalism in Algeria, the million killed by fundamentalist Sudanese insanity, the hundreds of Palestinians killed at Arab hands, or the thousands of Lebanese Christians murdered by Palestinians. And it goes without saying that they never wept for a single Israeli victim, nor Jewish victim anywhere in the world. Let us look at the recent and horrible case of Ilan Halimi, as stated by Primo-Europe in its letter to [Interior] Minister Nicolas Sarkosy. Here follows one paragraph from same:
“Ilan Halimi was twenty-three years old. He was kidnapped, tortured, then killed. This murder had been preceded by several abduction attempts. 80% of the victims of the gang of barbarians belong to the Jewish community, which represents 1% of the French population. The figures don’t leave any room for ambiguity or denial.”
Nevertheless, have we considered raising an intellectual alarm for the growing anti-Semitism that our societies are enduring? What would have happened if the victims had been so on account of their Muslim identity? There is a segment of the intelligentsia that practices an obscene selective solidarity. That selective solidarity, activated by who dies and who kills, is the metaphor for intellectual treason. A treason that has involved the abandonment of the feminist cause, the abandonment of the struggle against judeophobia and, what is even worse, the abandonment of the global defense of freedom. Between the antimodern dogmatism of the heirs of stalinism and the moral relativism of the gurus of weak thought, the intellectual world has not been capable of creating a collective conscience in the face of the challenge that threatens us.
What can democracies do against terrorist insanity?, this Congress asks. How do we keep our freedoms and at the same time protect our security? These would be my basic proposals for action:
1. – Revise the criminal and civil codes to adjust them to the new threat that we are facing. That implies the legal prosecution of the entire ideological and social network of Islamic fundamentalism, including the imams that foment violence, NGOs that exalt it and every sort of propaganda that inspires the destruction of democratic values. Islamic fundamentalism is a type of fascism. It has to be treated for what it is, a totalitarian ideology that has openly declared war on the rule of fundamental rights. To pursue the perpetrators of terrorist acts and not to go after the ideologues who are ensconced within our societies, and who enjoy the full range of democratic instruments with which to carry on their crusade, is an error for which we are paying. In this context any paternalism toward fundamentalism, with the healthy desire to protect multiculturalism, is a genuine act of irresponsibility. Democracy has to guaranty the plurality of cultures in our societies. With like intensity it has to combat those that use those cultures as an tool for imposing a totalitarian ideology.
2. – Consider the fight against anti-Semitism a political priority, intellectually and, of course, for law enforcement. Why make anti-Semitism a priority and not racism or islamophobia or any other expression of xenophobia? Because anti-Semitism is, among all the forms of bigotry, the one that throughout history has done the most killing, the one that has forged a genuine school of hate, and the only one that has managed to create an extermination industry. We could say that anti-Semitism is bigotry's grammar school, and the fact that today it is again a rising phenomenon shows how grave the situation is. Here is a thermometer that speaks to us about the fever we're suffering from: 1,300,000,000 million citizens are being systematically educated in the hatred of a people whose number falls short of 13,000,000. In a study on Islamic anti-Semitism entitled "Voyage to Hell", which I had the honor of preparing for the Simon Wiesenthal Center of Paris, I expressed it this way: "Islamic anti-Semitism has managed to bring together all the classical stereotypes of judeophobia, from religious ones to social and political ones. Thus in one big happy family you can go from the infantile myths of medieval Christianity, passing through the political-social ones of the Czarist secret police, until arriving at the modern ones of anti-zionism (understood as the struggle against "imperialism"), or the very myths of the Koran." The suras dedicated to the Jews are as popular as is the reading of "Mein Kampf" and the "Protocols," from Syria to Malaysia, from Sudan to Palestine. There is not only no revision of historical prejudices, but rather characters with a wicked past, such as the former Grand Mufti of Jerusalem, Haj Amin al-Husseini, personal friend of Ribbentrop, Rosenberg and Himmler, responsible for the Hanjar Squadron that provoked the slaughter of 90% of Bosnia's Jews and, also responsible for having urged Eichmann not to agree to the deal that was to exchange German prisoners of war for 5,000 Jewish children to be shipped to the Holy Land (and who traveled to Poland), are made into epic heroes. As a student of the phenomenon, Patricio Brodsky says, "anti-Judaism in the Arab world has reached the status of common sense, ... it occupies a central place in dominant hegemonistic thought, uniform in all the Arab countries, and, via the State-fashioned policy of using the repetition of prejudice as a policy, it is slowly creating the consensus that “the Jews are not part of humanity.” From this, mass education in stigmatizing and inculcating prejudice and hatred for Jews is easy. In most cases this hatred goes hand in hand with hatred for Western values. After all, isn’t the Jew the paradigm of Western values? And so, without raising a single resolution of condemnation, we have gazed upon Egyptian public television as it broadcast, in the midst of Ramadan, a series based on the “Protocols” and the myth of the international Jewish conspiracy; seen how one is taught to hate Jews in Palestinian textbooks that we pay for with European money or, closer to home, seen how in seven European countries there has just been released the most expensive production in the history of Turkish film, “The Valley of the Wolves-Iraq.” This movie, which can be seen in sixty-eight theaters in Germany, recounts deeds such as the mass murder of Iraqi women and children so as to send their organs to Israel, in a delicate linkage with the medieval Christian myth of the blood libel. Protagonized by the famous Turkish actor Necati Sasmaz, it tells of the heroic struggle of the Turkish agent Polat Alerndar against Sam Marshall, a commander of American Special Forces who acts as the governor of the zone. Marshall is a sadist who has no qualms about murdering, deporting and torturing civilians so as to impose the hegemony of the United States. One of Marshall’s buddies is a Jewish doctor – a kind of Dr. Mengele – who works in Abu Ghraib Prison and who begs the rat not to send him dying prisoners because he needs them alive to remove their organs. This libel, worthy of a place of honor in Goebbel’s library, is not only a success in Turkey, but also among German Turks. But it’s as if it’s no big deal ... Combatting anti-Semitism, therefor, has to be a priority in our societies because it is the port of entry for the contempt for all the values that make us who we are. By learning to hate the Jews, one learns to hate.
3. – In the same hierarchy of priorities, it is fundamental to reinforce our democratic commitment to the rights of women, because the enslavement of women is the cornerstone of fundamentalist discourse. If, by learning to hate Jews, Muslim children learn to hate the principles of tolerance, then by learning to scorn women they are schooled to disdain equality. When one’s own mother, one’s own daughter, one’s own wife are not considered equal and respected, but rather can be subjugated, looked down on and shut away, society is founded upon a deep moral wretchedness. The dominant male, in turn, may be the dominated serf, and thus even lose his identity. I firmly believe that Islamic misogyny is the basis for the culture of martyrdom. We have no less a problem in our own outlying neighborhoods where one finds an alarming rise of the most violent machismo. It is not a coincidence and it advances apace with the rising fundamentalism. All the same, here too, we are failing, and we allow, on the pretext of respecting Islam, a genuine regression in the rights of women.
What can one say, furthermore, about the goodness with which we tolerate the existence of dozens of countries whose penal codes turn women into slaves? Would we tolerate a new racist South Africa? And nevertheless we happily tolerate sexist Arabias, Qatars, and Irans. It is not a trifling matter, but a veritable tour de force between Islam and democracy. Hence the importance of prohibitions such as that against wearing the veil in French schools. France has taken a few steps, but the majority of our countries are permitting, tolerating and “understanding” the segregation of our Muslim women.
4. – In the same vein of rescuing values, it is fundamental that our press and intellectuals cease criminalizing the State of Israel, because via that route the only thing we accomplish is to send equivocal messages to the Muslim world, to legitimate the diatribes of the judeophobic tyrannies in the region, and to forsake the paths of peace. One does not draw nearer to peace by minimizing Palestinian terrorism. Nor is one any nearer to the Palestinian cause. One is only closer to reactionary demagoguery.
5. – And yes, it would be necessary to put more serious pressure on countries that tyrannize their citizens and instruct them in fanaticism. The chief enemy of Islam is the absence of freedom. And because of that, it is our principal enemy. I understand that geopolitics does not consider values, only interests. But hasn’t Europe been too understanding regarding Syria and Iran in their terrorist logistics? Isn’t is too indifferent to the Sudanese insanity? Nor is the UN up to the level that the times demand, too amused as it is in demonizing Israel to worry about a few Arab dictatorships who hijack the General Assembly; nor are the majority of our own countries. We still haven't caught on that Iran is not an exotic country with feudal notions and a bit of extremism. Iran, like other countries in the region, is a great factory of anti-Western, anti-democratic and anti-Semitic hatred. It is the 21st century's Nazi Germany viewed through an Islamic veil.
6. - Finally, can we limit individual rights with respect to surveillance, detention, and control, to guaranty security? In most countries this debate is being presented in false terms. In point of fact, democracy permanently revises its laws to adjust them to the challenges that society offers, and penal codes are trimmed or reformulated according to the demands of the moment. Or haven't we limited rights with respect to cases of battering, to give a stark example? If today we have a threat that travels by subway or train, or flies in airplanes piloted by human killing machines, how are we not going to limit some individual rights? How are we not going to increase the controls and political pressure? We are not destroying democracy, we are puttying in its cracks. In fact, we are defending it. What is hard to know is how to measure the limitations.
"Totalitarian tyranny does not arise out of the virtues of the totalitarians but from the failings of democrats," so spoke Albert Camus already some decades ago. And then we have the fear of certain European leaders over some mere drawings of Mohammed. Far from combatting the fanatics, we decided to restrict freedom. Now who's going to sketch Mohammed? And we have Solana talking about islamophobia in Arabia where all basic rights are destroyed. And then we have oh so proper Russia sipping tea with Hamas. And we have Kofi Amman more worried about Israeli democracy than about dozens of tyrannies. There's our dirty laundry for all to see, and from it the totalitarian hydra feeds. Camus and conscience. That's what it's about. To regain reason's conscience against fanaticism, tolerance in the face of hatred, the culture of life against the cult of death. And to regain the awareness of our responsibility to freedom. Once again Camus, and with him I conclude:
"In spite of all the rationalist illusions, and marxist ones too, all the history of the world is the history of freedom."
Tra. Joe DiFrances.
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Pilar Rahola
27/02/2006
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La démocratie blessée. Conférence de Paris.
« La tyrannie totalitaire ne s’édifie pas sur les vertus des totalitaires. Elle s’édifie sur les fautes des libéraux »
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« Je suis une dissidente de l’Islam». Ayaan Hirsi Ali, la députée somalienne qui vit sous le joug d’une condamnation à mort fondamentaliste pour sa lutte pour les droits de l’homme, ouvre sur cette phrase son dernier appel à l’Occident. Proche du cinéaste assassiné Theo Van Gogh, avec qui elle a travaillé coude à coude pour dénoncer l’oppression de la femme dans l’Islam, Ayaan Hirsi vit soumise à la pression d’une menace qui la condamne parce qu’elle est femme, musulmane et libre. J’ouvre mes propos en citant Ayaan Hirsi Ali car sa lutte et sa tragédie, ainsi que sa solitude, sont un fin thermomètre de la maladie qui frappe notre corps social à l’heure actuelle. Métaphore de la résistance à une époque sombre, dissidente dans une période de pensée unique et surtout témoin, Ayaan soutient deux luttes parallèles : contre le totalitarisme de base islamique et contre la culture de l’apaisement, en plein syndrome Chamberlain, qui parcourt l’Europe. Pour commencer ma conférence, j’emprunte la réflexion qu’elle a faite lors de la remise du prix à la Tolérance de la Communauté de Madrid : « Lorsque Theo a été assassiné, certaines personnes aux Pays-Bas ont réagi en disant que, s’il n’avait pas insulté l’Islam, il n’aurait pas été tué. Ceci met en relief l’état de confusion dans lequel sont plongés les relativistes de la morale ». Relativisme moral ou, ce qui revient au même, une profonde confusion des valeurs qui fait osciller l’Europe entre le paternalisme acritique, la peur servile et l’abandon de responsabilités. Les symptômes d’alarme sont nombreux et certains se concentrent non pas dans la menace visible du terrorisme ou dans sa non moins effrayante idéologie, mais dans l’incapacité de nos agents sociaux à maintenir fermes les principes de la liberté. A l’heure actuelle, dans le monde libre, la peur existe, mais comme la peur est un état d’esprit que nous ne pouvons pas nous reconnaître, nous déguisons la peur en alliance des civilisations, en paternalisme tiers-mondiste, en culture de la tolérance ou, directement, en acceptation du chantage. Quelques-unes des dérivées les plus lamentables du conflit des caricatures danoises de Mahomet, résumeraient parfaitement ce que je dénonce.
Mais reprenons point par point. Le corollaire fondationnel de Med Bridge, l’organisation qui nous accueille aimablement à l’occasion de ces intéressantes conférences, est très clair. Je voudrais le rappeler pour sa valeur symbolique. Les fondateurs du Med Bridge Strategic Center disent : « L’Europe n’est pas elle-même si elle n’est pas fidèle à ses valeurs, et elle doit assumer les responsabilités qui lui ont été léguées par son histoire ». Ils évoquent le Moyen-Orient, un avenir européen lié à la paix dans la région, le rôle que nous devons assumer. Or, dans leur déclaration d’intentions, ils évoquent l’avenir global de notre société et notre liberté. Certes, l’Europe n’est pas elle-même si elle n’est pas fidèle à ses valeurs. Or, comme l’histoire récente de l’Europe est pleine de trahisons profondes à ces valeurs et à elle-même, il faudra déclencher tous les mécanismes d’alerte. Nous vivons aujourd’hui une nouvelle période de menace totalitaire, héritière naturelle des grands totalitarismes qui ont ravagé le XXe siècle, et bien que les circonstances et la nature même du phénomène soient différentes, les défis posés sont similaires. L’intégrisme fondamentaliste n’est pas une religion, mais il utilise la mystique religieuse de façon perverse. L’intégrisme fondamentaliste n’est pas une culture, mais il boit aux sources d’une culture globale. Ce n’est pas une cause nationale, mais il utilise toutes les causes nationales qui peuplent la planète islamique. De plus, il est férocement antimoderne, mais il utilise sans complexes la technologie la plus pointue. Comme je l’ai dit à l’époque, après le terrible attentat du 11-M à Madrid, « on nous tue avec des portables via satellite connectés au Moyen Âge ». Et même si son alibi est religieux, il est, comme tout totalitarisme, amant de la mort. Etrange contradiction que la défense du nihilisme au nom de Dieu! Au-delà des causes conjoncturelles, avec ses raisons et ses droits, il existe une idéologie supranationale qui a déclaré la guerre à la Modernité. A savoir, aux principes démocratiques qui la régissent. Dans un certains sens, en condamnant à mort les Salman Rushdie de notre époque, l’intégrisme islamique est en train d’essayer d’égorger Voltaire lui-même.
Il s’agit d’une idéologie totalitaire, mais elle se sert des misères et des grandeurs de nos démocraties pour nous combattre, et c’est là que naît le défi immense que nous devons relever. « Nous nous servirons de votre démocratie pour détruire votre démocratie », a affirmé tout récemment le cheikh Omar Bin Bakri, et il ne l’a pas fait dans une médrassa coranique de Karachi ou du Soudan. Il l’a fait dans sa condition de citoyen britannique, parfaitement établi dans les privilèges octroyés par sa citoyenneté. Face à ce double défi, idéologique et violent, qui a déjà tué des milliers de personnes et en a fanatisé des millions, il faut se demander si nous réussirons à maintenir les principes démocratiques et, en même temps, à combattre le terrorisme avec dureté. Difficile équilibre aux limites imprécises et sans doute flexibles. Faisons-nous ce qu’il faut? Qui plus est, faisons-nous ce qui est nécessaire? Ou, comme il est arrivé face au nazisme et au stalinisme, sortons-nous notre parapluie de l’apaisement, allons-nous saluer le totalitaire de service, et dormons-nous la sieste des justes? Je l’ai dit au début de ce texte et je vous y renvoie : je crains que le fantôme de Chamberlain ne soit de retour.
Je commencerai par le plus facile, bien que ce soit assez complexe : le plan de la sécurité. Sans doute la démocratie ne peut-elle pas trahir ses principes fondamentaux sans se trahir elle-même, mais elle peut activer tous ses mécanismes légaux pour lutter, dans la légalité, contre une menace violente. Dans ce sens, je crois qu’il faut revoir les lois, les codes pénaux et tout le réseau légal qui nous protège pour découvrir quels sont les interstices, les fissures qu’utilise le terrorisme pour se faufiler. Tout ne peut pas rester à l’abri du parapluie de la liberté individuelle, religieuse ou associative. Nous retrouvons l’exemple le plus clair en France, pays qui a expulsé les imams intégristes, ou chez Tony Blair qui a encouragé une loi qui lutte contre l’apologie de l’intégrisme dans les mosquées. Contrairement à ces deux pays, le ministre espagnol de l’Intérieur a fait preuve de ne rien comprendre en assurant, en plein débat de la loi Blair, qu’«en Espagne, la liberté de culte existe ». La liberté de culte existe et la démocratie protège ce droit fondamental. Toutefois, quel est le rapport de la religion avec l’arrivée massive d’imams wahabites, généreusement payés par l’Arabie saoudite qui inondent les mosquées européennes de discours antioccidentaux et antidémocratiques, dans un processus planifié de colonisation idéologique? Quel est le rapport entre la transcendance spirituelle de chaque religion et les oulémas qui encouragent le rituel du martyre et enseignent à aimer Dieu en haïssant les autres? Et quel est le rapport entre la religion et le mépris des femmes, leur ségrégation et leur esclavage? Une mosquée où l’on prie Allah est un lieu de culte. Une mosquée où, au nom de Dieu, l’on fait l’éloge de la mort, est une usine d’intolérance, de fondamentalisme et, en définitive, de terrorisme. Pour les mêmes raisons, un imam est un être spirituel. Mais un imam qui se sert de sa condition spirituelle privilégiée pour nourrir la violence est un délinquant. Si la démocratie veut maintenir les principes de la liberté, elle ne peut pas tomber dans le libéralisme amoral ; elle doit plutôt prendre parti contre les ennemis de la liberté. Car un citoyen musulman de nos pays est une pièce fondamentale de la condition multiculturelle d’une société libre. Mais un fanatique intégriste est, sans aucun doute, un ennemi. Les sociétés démocratiques doivent comprendre clairement un principe fondamental de la démocratie : malgré notre attachante culture de mai 68, le verbe « interdire » est une garantie. Soit nous adaptons nos libertés aux limites qui les garantissent, soit, selon les propos de l’imam Bakri, les fondamentalistes peuvent s’en servir pour nous détruire.
Qu’est-ce que je propose? Je propose ce qui semble évident et qui, en plus ou moindre mesure, commence à être la démarche de l’Europe : la considération de terroristes qui doit être attribuée aux idéologues de la terreur et, par conséquent, leur poursuite légale. En vue de garantir la sécurité démocratique, il est aussi important de persécuter les cellules suicides que de démonter les réseaux intellectuels et culturels de l’intégrisme. Des réseaux qui s’alimentent souvent de nos aides sociales, deviennent des ONG solidaires, s’organisent en associations culturelles et religieuses et, souvent même, deviennent les interlocuteurs de nos gouvernements. Avons-nous enquêté tant soit peu les ONG islamiques qui peuplent nos réseaux internautes? Connaissons-nous leurs discours anti-occidentaux et férocement antisémites? Il est évident que la lutte contre le terrorisme ne peut ni ne doit se faire en minant les libertés individuelles, mais il est aussi évident que nos systèmes légaux contiennent des marges d’action que nous n’avons pas encore exploitées sérieusement.
Et je ne fais pas allusion à des actions honteuses qui diminuent, inutilement, les libertés individuelles. Mais, entre un Guantánamo et le libéralisme le plus extrême, il existe un vaste champ d’action, raisonnable et rationnel. Dans de nombreux pays européens, ce domaine est encore inexploré. Sur le plan policier, nous avons commencé à « faire nos devoirs ». Sur les plans politique, social et intellectuel, nous sommes loin d’assumer de façon prioritaire notre responsabilité. Bien au contraire. À ce jour, nombre de politiques, déclarations, courants d’opinion sont, de façon consciente ou inconsciente, des alliés actifs de la folie intégriste. La célèbre et mythique phrase de Martin Luther King, « ce qui me préoccupe ce n’est pas la méchanceté des méchants, mais le silence des bons », est plus valable que jamais.
Quels sont les trous noirs de notre action collective? La première irresponsabilité, dans la défense des libertés démocratiques, surgit dans le domaine de l’action politique, dont le système de « deux poids, deux mesures » en fonction des interlocuteurs a été sinistre. L’exemple du Moyen-Orient est, dans ce sens, paradigmatique. Pendant des années, l’Europe a criminalisé Israël, seule démocratie de la région, nourrissant un discours paternaliste et héroïque d’Arafat et, par là, de tous les mouvements palestiniens, y compris terroristes, ce qui a empêché le contrôle démocratique des aides occidentales, a minimisé l’ingérence de différentes dictatures arabes dans le conflit, toutes contraires à la paix, et pour défendre des intérêts bâtards, a aidé, consolidé et gâté les diverses théocraties riches, fanatiques et dictatoriales qui dominent la région. Pendant des décennies nous avons abandonné les citoyens musulmans au sort des régimes despotiques qui les ont appauvris et fanatisés, et qui non seulement ne les ont pas préparés pour la démocratie, mais les ont vaccinés contre elle. Des décennies d’intégrisme islamique officiel, structuré, devenu pensée unique et parfaitement officialisé dans son siège à l’ONU, et ses nobles alliances occidentales ont été le bouillon de culture d’une idéologie funeste. Est-il compréhensible que cinquante ans de pétrole n’aient produit pas un seul prix Nobel? De plus, peut-on comprendre que la tragédie de millions de femmes soumises à des codes pénaux esclavagistes n’ait préoccupé aucun ministre européen des Affaires étrangères? Et que dire de l’ONU qui blanchit les dictatures infâmes qui n’ont seulement l’ont séquestrée dans ses décisions, mais qui l’ont utilisée pour légitimer l’illégitime? Tandis que l’idéologie totalitaire du fondamentalisme islamique était florissante dans les quartiers périphériques du Caire, dans les banlieues de Karachi ou dans les quartiers luxueux de Riad, le monde occidental envoyait ces trois messages fatidiques : un dictateur islamique est un interlocuteur (et non un dictateur fasciste) ; l’oppression de la femme ne soucie personne ; et Israël est le principal coupable de tous les maux. Le domaine politique non seulement n’a pas été à la hauteur du droit international, il a minimisé le terrorisme, il a masqué le despotisme fanatique et n’a pas considéré un problème que 1 300 millions de musulmans dans le monde vivent sans démocratie. C’est-à-dire, sans éducation pour la démocratie.
Je pourrais présenter de nombreux exemples, mais il y en a un d’emblématique. La couverture politique, comme référent épique, intouchable et indiscutable, d’un leader violent, corrompu et dictatorial qui a mené les Palestiniens, pendant des décennies, sur le chemin stérile de la guerre. Arafat est le nouveau Che Guevara de l’Europe de l’après-mai 68 et pour en faire un martyr, tout a été admis. On est même arrivés à faire une lecture manichéenne du conflit arabo-palestinien, à criminaliser Israël dans toutes ses décisions et à l’abandonner à son sort. Le Hamas est, en partie, fruit de nos misères. Et nous pourrions ajouter la honte de vouloir juger Sharon, mais sans enquêter un seul crime commis par les dictatures du Moyen-Orient, l’abandon de la tragédie du Darfour à son sort, ou les nombreuses courbettes de certains hommes politiques européens à l’occasion du conflit des caricatures de Mahomet. Par exemple, le rôle de Chirac, malgré la profonde dignité du journalisme français pendant le conflit. Ou le triste rôle de Zapatero qui a signé un article en demandant presque pardon à l’Islam. La dernière honte correspond à un autre espagnol, Javier Solana, qui, dans un voyage en Arabie saoudite, tandis que des ambassades étaient mises à feu, des menaces de mort étaient proférées et les rues se teignaient de l’esthétique bigarrée du fanatisme, a demandé que l’islamophobie soit considérée comme un délit au même titre que l’antisémitisme. Le maître Solana est ainsi parvenu à incarner l’image parfaite de l’Européen chamberlainien : dans un pays qui bafoue tous les droits fondamentaux, il n’a pas évoqué la liberté, il a banalisé l’antisémitisme comme s’il s’agissait d’une version quelconque du racisme, en banalisant ainsi la Shoah, et il a confondu la liberté d’expression de quelques dessinateurs danois avec l’islamophobie. C’est-à-dire, il a accepté la pression violente des groupes fondamentalistes islamiques comme si c’était la façon naturelle de débattre les conflits. Il a donc accepté le chantage. Le plus grave c’est qu’avec les attitudes de ce genre, et sous le soi-disant parapluie d’une belle manchette de journal - l’alliance des civilisations -, nous laissons les musulmans démocratiques orphelins de représentation. Certes, alliance de civilisations, mais avec qui ? Avec l’islamo-nazi Ahmadinejad, ou avec la députée Ayaan Hirsi? Avec les imams qui excitent à la rébellion dans les rues ou avec l’opposition démocratique marocaine? Avec Tariq Ramadan ou avec Salman Rushdie?
Si sur le plan politique nous semblons ne pas être à la hauteur, le domaine intellectuel manque de certains des principes qui devraient orienter sa responsabilité historique. Dans ce sens, le rôle des intellectuels comme avant-garde de la pensée a souvent été déplorable. En vrais auteurs de la création d’une pensée anti-israélienne, ils ont projeté une image paternaliste des terroristes islamiques actifs, ils ont confondu les causes légitimes avec des idéologies perverses et ils ont relativisé l’impact que tout cela pouvait avoir. C’est-à-dire, ils n’ont pas été, globalement et sauf les exceptions que nous connaissons bien, à la hauteur des circonstances. Il est vrai que des voix telles que celles des Glucksmann et des Alain Finkielkraut se sont fait entendre, mais les universités, les penseurs politiquement corrects et les forums d’opinion ont préféré écouter les Saramago. Des Saramago qui pleuraient de l’œil gauche toutes les victimes palestiniennes aux mains israéliennes, mais qui n’ont jamais pleuré les plus de cent mille morts de l’intégrisme en Algérie, le million de morts de la folie fondamentaliste soudanaise, les centaines de morts palestiniens aux mains des arabes, ou les milliers de Libanais chrétiens assassinés par les Palestiniens. Il va sans dire qu’ils n’ont jamais pleuré une victime israélienne, ni globalement juive. Tournons-nous vers l’affaire récente et effrayante d’Ilan Halimi, dénoncée par Primo-Europe, dans sa lettre au ministre Nicolas Sarkozy. J’en cite un paragraphe :
« Ilan Halimi avait 23 ans. Il a été kidnappé, torturé, puis tué. Cet assassinat avait été précédé de plusieurs tentatives d’enlèvement. 80% des victimes du gang des barbares (sans guillemets) appartiennent à la communauté juive, qui représente 1% de la population française. Les chiffres ne laissent place à aucune ambiguïté, à aucun déni. »
Toutefois, avons-nous observé une alarme intellectuelle à la suite de la montée de l’antisémitisme qui frappe nos sociétés? Que serait-il arrivé si les victimes avaient été tuées parce que musulmanes? Certains intellectuels pratiquent une solidarité sélective indécente. Cette solidarité sélective, en fonction de celui qui meurt et de celui qui tue, est la métaphore de la trahison intellectuelle. Une trahison qui a entraîné l’abandon de la cause féminine, l’abandon de la lutte contre la judéophobie et, pire encore, l’abandon de la défense globale de la liberté. Entre le dogmatisme antimoderne des héritiers du stalinisme et le relativisme moral des gourous de la pensée faible, le monde intellectuel n’a pas été capable de créer une conscience collective face au défi qui nous menace.
Que peuvent faire les démocraties face à la folie terroriste?, se demande ce Congrès. Comment pourrons-nous maintenir nos libertés et, en même temps, protéger la sécurité? Voici mes propositions fondamentales d’action:
1.- Revoir les codes pénaux et civils pour les adapter à la nouvelle menace qui pèse sur nous. Ceci implique toute la poursuite légale de tout le réseau idéologique et social du fondamentalisme islamique, y compris les imams qui encouragent la violence, les ONG qui l’exaltent et toute la propagande qui encourage la destruction des valeurs démocratiques. Le fondamentalisme islamique est une forme de fascisme. Il doit être traité comme ce qu’il est : une idéologie totalitaire qui a déclaré ouvertement la guerre à la Charte des droits fondamentaux. Poursuivre policièrement les auteurs des actes terroristes et ne pas poursuivre les idéologues établis dans nos sociétés et qui bénéficient de tous les outils démocratiques pour leur croisade, est une erreur que nous sommes en train de payer. Dans ce sens, tout paternalisme à l’égard du fondamentalisme avec la sage intention de protéger le multiculturalisme, est une vraie irresponsabilité. La démocratie doit garantir la pluralité de cultures de nos sociétés. Avec la même intensité, elle doit combattre ceux qui utilisent ces cultures comme alibi pour imposer une idéologie totalitaire.
2.- Considérer la lutte contre l’antisémitisme comme une priorité politique, intellectuelle et, bien évidemment, policière. Pourquoi l’antisémitisme comme priorité et non le racisme ou l’islamophobie ou toute expression de xénophobie? Parce que l’antisémitisme est, de toutes les formes d’intolérance, celle qui a fait le plus de morts dans l’histoire, celle qui a suscité une vraie école de la haine, et la seule capable de créer une industrie de l’extermination. Nous pourrions dire que l’antisémitisme est la première école de l’intolérance et que le fait qu’il ait retrouvé tout son apogée est un indicateur de la gravité de la situation. Un thermomètre qui nous indique la fièvre que nous avons. 1 300 millions de citoyens sont élevés systématiquement dans la haine contre un peuple dont la population n’atteint pas 13 millions de personnes. Dans une étude sur l’antisémitisme, ayant pour titre « Voyage en enfer », que j’ai eu l’honneur de préparer pour le Centre Simon Wiesenthal de Paris, je l’ai exprimé dans les termes suivants : « L’antisémitisme islamique a réussi à rassembler tous les lieux communs de la judéophobie, des religieux aux sociaux et politiques, et ils côtoient les mythes enfantins de l’antisémitisme médiéval chrétien, en passant par ceux politiques et sociaux de l’Okhrana russe dans ses « Protocoles », jusqu’à ceux modernes de l’antisionisme (entendu comme combat contre l’« impérialisme ») ou les mythes coraniques eux-mêmes ». Les sourates consacrées aux Juifs sont une lecture aussi populaire que Mein Kampf ou les « Protocoles », de la Syrie à la Malaisie, du Soudan à la Palestine. Non seulement il n’existe pas de révision des préjugés historiques, mais les personnages au passé sinistre tels que l’ancien grand Mufti de Jérusalem, Hadj Amin Al Husseini, ami personnel de Ribbentrop, Rosenberg et Himmler, responsable de l’escadron Hanjar qui causa la mort de 90% des Juifs bosniaques et responsable également d’avoir pressé Adolf Eichmann de ne pas pactiser avec le gouvernement britannique l’échange de prisonniers de guerre allemands contre 5 000 enfants juifs qui devaient être embarqués en Terre Sainte et qui furent déportés en Pologne, sont considérés des héros épiques. Comme le dit Patricio Brodsky qui a étudié le phénomène, « l’antijudaïsme dans le monde arabe atteint le rang du bon sens », « occupe un lieu central dans la pensée hégémonique dominante - unique - dans l’ensemble des pays arabes, et en répétant les préjugés comme politique d’État, il crée lentement le consensus selon lequel « les Juifs ne font pas partie de l’humanité ». D’où la facilité à éduquer massivement dans le stigmate, le préjugé et la haine des Juifs. Dans la plupart des cas, cette haine s’accompagne de la haine des Occidentaux. En fin de compte, le Juif n’est-il pas le paradigme des valeurs occidentales ? Ainsi nous avons vu, sans élever une seule résolution de condamnation, comment la télévision publique égyptienne diffusait, en plein Ramadan, une série basée sur les Protocoles et le mythe du complot juif international. On enseigne à haïr les Juifs dans les manuels scolaires palestiniens que nous payons avec de l’argent européen ou, plus près de nous, dans sept pays européens, on vient de présenter la plus grosse production du cinéma turc, La Vallée des Loups Irak. Ce film qui passe dans 68 cinémas d’Allemagne, met en scène des faits tels que l’assassinat massif de femmes et d’enfants iraquiens pour l’envoi de leurs organes en Israël, en phase avec le mythe chrétien médiéval des Juifs buveurs de sang des enfants chrétiens. Le film raconte la lutte héroïque de l’agent turc Polat Alemdar (rôle joué par le célèbre acteur turc Necati Sasmaz) contre Sam Marshall, un commandant des forces spéciales nord-américaines qui agit en vice-roi de la région. Marshall est un sadique qui n’hésite pas à assassiner, déporter et torturer des civils dans le but d’imposer l’hégémonie des États-Unis. L’un des complices de Marshall est un médecin juif - une sorte de docteur Mengele - qui travaille dans la prison d’Abou Graib et prie le vilain de ne pas lui envoyer les prisonniers moribonds puisqu’il faut qu’ils soient vivants pour pouvoir leur enlever les organes. Ce libelle qui mérite un lieu d’honneur dans la bibliothèque de Goebbels bat tous les records d’entrées non seulement en Turquie, mais aussi dans l’Allemagne turque ! Et rien ne semble se passer…
Combattre donc l’antisémitisme doit être une priorité dans nos sociétés puisque c’est la porte d’entrée du mépris de toutes les valeurs qui nous représentent. En apprenant à haïr les Juifs, on apprend à haïr.
3. Dans le même ordre de priorités, il est fondamental de renforcer notre engagement démocratique pour les droits de la femme, parce que l’esclavage de la femme est la clef de voûte du discours fondamentaliste. Si, en apprenant à haïr les Juifs, les enfants musulmans apprennent à haïr les principes de la tolérance, en apprenant à mépriser la femme, ils sont éduqués dans le mépris de l’égalité. Lorsque la mère, la fille, l’épouse ne sont pas sur un pied d’égalité et de respect, qu’elle peut être soumise, méprisée et ségrégée, la société se base sur une profonde misère morale. Le mari dominant peut être, à son tour, le serf dominé, et ainsi de suite jusqu’à la perte absolue de l’identité. Je soutiens avec conviction que la misogynie islamique est la base de la culture du martyre. Le problème n’est pas moindre lorsque nous constatons, dans nos banlieues, une montée alarmante du plus violent machisme, qui n’est pas un hasard et qui s’accompagne de la montée de l’intégrisme. Toutefois, nous échouons là aussi et nous consentons, avec l’excuse du respect de l’Islam, à un vrai recul des droits des femmes.
Que dire, de plus, de la bonté avec laquelle nous tolérons qu’il existe dans le monde des dizaines de pays dont le code pénal fait des femmes des esclaves ? Serions-nous capables de tolérer une nouvelle Afrique du Sud raciste ? Et cependant nous tolérons avec allégresse des pays sexistes tels que l’Arabie, le Qatar, l’Iran.
Ce n’est pas une question futile, mais un vrai tour de force entre l’Islam et la démocratie, d’où l’importance d’interdictions comme le port du voile dans les établissements scolaires français. La France a fait quelques pas, mais la plupart de nos pays permettent, tolèrent et même « comprennent » la ségrégation de nos femmes musulmanes.
4.- Dans la même ligne de récupération de valeurs, il est aussi fondamental que notre presse et nos intellectuels cessent de criminaliser l’État d’Israël parce que, en empruntant cette voie, ils ne font qu’envoyer des messages équivoques au monde islamique, légitimer les discours des tyrannies judéophobes de la région et abandonner les chemins de la paix. Nous ne sommes pas plus près de la paix si nous minimisons le terrorisme palestinien. Ni plus près de la cause palestinienne. Nous sommes seulement plus près de la démagogie intégriste.
5.- Oui, il faudrait exercer une pression plus sérieuse sur les pays qui tyrannisent leurs citoyens et les éduquent dans le fanatisme. Le principal ennemi de l’Islam est le manque de liberté. Et, par conséquent, ce manque de liberté est notre principal ennemi. J’estime que la géopolitique n’assume pas de valeurs, mais des intérêts. Mais l’Europe n’a-t-elle pas été trop compréhensive envers l’implication de la Syrie et de l’Iran dans la logistique terroriste ? N’est-elle pas trop indifférente à la folie soudanaise ? L’ONU n’est pas à la hauteur des temps, elle s’occupe trop de diaboliser Israël pour se soucier de quelques dictatures arabes qui séquestrent son Assemblée générale. La plupart de nos pays ne sont pas non plus à la hauteur. Nous n’avons pas encore compris que l’Iran n’est pas un pays exotique, avec des idées féodales et un brin d’extrémisme. L’Iran, comme d’autres pays de la région, est une grande usine de haine antioccidentale, antidémocratique et antisémite. C’est l’Allemagne nazie du XXIe siècle, passée au crible du discours islamique.
6.- Enfin, pouvons-nous réduire les droits individuels en matière de surveillance, arrestation, contrôle afin de garantir la sécurité ? Ce débat, dans la plupart des pays, est posé dans des termes fallacieux. En fait, la démocratie revoit ses lois en permanence pour s’adapter à des défis lancés par la société et les codes pénaux sont refondus ou reformulés en fonction du moment. N’avons-nous pas réduit des droits dans la lutte contre la violence au foyer, pour donner l’exemple le plus clair ? Si aujourd’hui nous avons affaire à une menace qui voyage en train ou en métro, ou qui vole dans des avions pilotés par des machines à tuer humaines, comment ne pas réduire certains droits individuels ? Comment ne pas augmenter les contrôles et la pression policière ? Nous ne sommes pas en train de détruire la démocratie, nous sommes en train de colmater ses fentes. En réalité, nous sommes en train de la défendre. Ce qui est difficile est de savoir en mesurer les limites.
« La tyrannie totalitaire ne s’édifie pas sur les vertus des totalitaires. Elle s’édifie sur les fautes des libéraux », a assuré Albert Camus il y a quelques décennies. Et là nous constatons la peur de certains dirigeants européens devant de simples dessins de Mahomet. Loin de combattre les fanatiques, nous décidons de limiter la liberté. Qui va maintenant dessiner Mahomet ? Solana parle d’islamophobie en Arabie où tous les droits fondamentaux sont piétinés. La belle Russie qui prend le thé avec le Hamas. Kofi Annan se fait davantage de souci pour la démocratie israélienne que pour des dizaines de tyrannies. Nos misères sont au soleil et l’hydre totalitaire s’en nourrit. Camus et la conscience. Voilà ce dont il s’agit. De récupérer la conscience de la raison face au fanatisme, la tolérance face à la haine, la culture de la vie face au culte de la mort. Et de récupérer la conscience de notre responsabilité à l’égard de la liberté. Encore une fois, Camus, et je vais conclure sur la citation :
« Malgré les illusions rationalistes et même marxistes, toute l’histoire du monde est l’histoire de la liberté ».
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Pilar Rahola
27/02/2006
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A democracia ferida. Conferência de Paris.
"A tirania totalitária não se edifica sobre as virtudes dos totalitários, mas sobre as falhas dos democratas"
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TEXTO PRONUNCIADO NO MARCO DA CONFERÊNCIA "O TERRORISMO. CAMUS E A CONSCIÊNCIA", ORGANIZADA PELA MED BRIDGE, SOB A DIREÇÃO DE FRANÇOIS ZIMERAY.
A Conferência desenvolveu-se no Palais de Luxembourg, dia 25 de fevereiro de 2006.
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A DEMOCRACIA FERIDA
"Sou uma dissidente do Islã". Com estas palavras Ayaan Hirsi Ali, a deputada somali que vive sob o jugo de uma condenação à morte fundamentalista, por sua luta a favor dos direitos humanos, encabeça seu último grito ao Ocidente. Companheira do cineasta assassinado Theo Van Gogh, com quem trabalhou lado a lado para denunciar a opressão da mulher no Islã, sua vida está submetida à pressão de uma ameaça que a condenou por ser mulher, por ser muçulmana e por ser livre. Começo esta reflexão citando Ayaan Hirsi Ali porque sua luta e sua tragédia, e também sua solidão, são um fino termômetro da enfermidade que hoje percorre nosso corpo social. Metáfora da resistência em tempos obscuros, dissidente em período de pensamento único, e, sobretudo, testemunho, Ayaan sustenta duas lutas paralelas: contra o totalitarismo de base islâmica, e contra a cultura do "apaziguamento", em plena síndrome Chamberlain, que percorre a Europa. De suas palavras extraio, para o início da minha conferência, esta reflexão que fiz no ato de entrega do prêmio à Tolerância da Comunidade de Madrid: "Quando assassinaram Theo, algumas pessoas na Holanda reagiram dizendo que se não tivesse insultado o Islã não teria sido assassinado. Isso põe em evidência o estado de confusão em que se encontram os relativistas da moral". Relativismo moral, ou, o que dá no mesmo, uma enorme confusão de valores que faz a Europa oscilar, entre o paternalismo acrítico, o medo servil e a renúncia das responsabilidades. Muitos são os sintomas de alarme e alguns se concentram não na ameaça visível do terrorismo ou em sua não menos aterradora ideologia, mas na incapacidade de nossos agentes sociais em manter sólidos os princípios da liberdade. Hoje, no mundo livre, há medo, mas como este é um estado de ânimo no qual não podemos nos reconhecer, camuflamos o medo na aliança das civilizações, no paternalismo terceiro-mundista, na cultura da tolerância ou, diretamente, na aceitação da chantagem. Algumas das mais lamentáveis derivações do conflito das caricaturas dinamarquesas de Maomé resumiriam à perfeição o que estou denunciando.
Vamos por partes. O corolário de fundação da Med Bridge, a organização que tem a amabilidade de nos acolher nestas interessantes conferências, é muito claro. Queria recordá-lo pelo seu valor simbólico. Dizem os fundadores da Med Bridge Strategic Center: "A Europa não é ela mesma se não for fiel aos seus valores, e deve assumir as responsabilidades legadas por sua história". Falam do Oriente Médio, de um futuro europeu ligado à paz na região, do papel que devemos assumir. Mas, em sua declaração de intenções, estão falando do futuro global da nossa sociedade e nossa liberdade. Certamente, a Europa não é ela mesma se não for fiel aos seus valores. Mas como a história recente da Europa está repleta de profundas traições a esses valores e a si mesma, terá que ativar todos os mecanismos de alerta. Hoje vivemos um novo período de ameaça totalitária, herdeiro natural dos grandes totalitarismos que destruíram o século XX, e ainda são distintas as circunstâncias, a própria natureza do fenômeno, e os desafios que estabelece são parecidos. O radicalismo fundamentalista não é uma religião, mas usa perversamente a mística religiosa. Não é uma cultura, mas bebe das fontes de uma cultura global. Não é uma causa nacional, mas utiliza todas aquelas causas nacionais que povoam o planeta islâmico. Além disso, é ferozmente antimoderno, mas usa sem complexos a tecnologia mais avançada. Como eu disse em seu momento, à raiz do terrível atentado de 11-M (11 de março) em Madrid, "nos matam com celulares via satélite conectados com a Idade Média". E ainda que sua desculpa seja religiosa, parece ser, como todo totalitarismo, amante da morte. Estranha contradição: a defesa do negativismo em nome de Deus! Mais além de causas conjunturais, com seus motivos e seus direitos, existe uma ideologia supranacional que declarou guerra à Modernidade. Ou seja, aos princípios democráticos que a regem. Em certo sentido, condenando à morte os Salman Rushdie de nossos tempos, o integrismo islâmico está tentando degolar o próprio Voltaire.
É uma ideologia totalitária, mas usa as misérias e as grandezas de nossas democracias para combater-nos, e aí inicia o enorme desafio que temos implementado: "Usaremos vossa democracia para destruir vossa democracia", assegurou não faz demasiado tempo o xeque Omar Bin Bakri, e não o fez de uma madrassa corânica em Karachi ou no Sudão. O fez em sua condição de cidadão britânico, perfeitamente assentado nos privilégios que lhe outorgava a dita cidadania. Ante este duplo desafio, ideológico e violento, que já matou milhares de pessoas e fanatizou milhões, cabe perguntar-se como conseguiremos manter os princípios democráticos e, por sua vez, combater com toda a dureza o terrorismo. Difícil equilíbrio cujos limites são imprecisos e provavelmente flexíveis. Estamos fazendo o correto? Mais ainda, estamos fazendo o necessário? Ou, como ocorreu ante o nazismo e também ante o stalinismo, levamos para passear nosso guarda-chuva do apaziguamento, vamos saudar o totalitário de plantão, e dormimos a sesta dos justos? Disse no início deste texto, e a ele remeto: temo que o fantasma de Chamberlain voltou do passeio.
Começarei pelo mais fácil, ainda que pareça muito complexo: o terreno da segurança. Sem dúvida, a democracia não pode trair seus princípios fundamentais, sem trair a si própria, mas pode ativar todos os seus mecanismos legais para lutar, da legalidade, contra uma ameaça violenta. Neste sentido, creio que é necessário revisar as leis, os códigos penais e toda a rede legal que nos ampara, para descobrir quais resquícios, quais fissuras o terrorismo utiliza para infiltrar-se. Nem tudo pode amparar-se no guarda-chuva da liberdade individual, religiosa ou associativa, e o exemplo mais claro disso foi a França expulsando os imãs integristas, ou o próprio Tony Blair estimulando uma lei que persegue a apologia do integrismo nas mesquitas. À diferença destes dois países, o ministro espanhol do Interior deu evidentes mostras de não entender nada quando assegurou, em pleno debate da lei Blair, que "na Espanha há liberdade de culto". Há, e a democracia ampara esse direito fundamental. Entretanto, o que tem a ver a religião com a chegada em massa dos imãs wahabitas, profusamente pagos pela Arábia Saudita, que inundam as mesquitas européias de discursos antiocidentais e antidemocráticos, num planejado processo de colonização ideológica? O que tem a haver a transcendência espiritual de cada religião, com os ulemás que pregam o ritual do martírio e ensinam a amar a Deus odiando aos demais? E, o que tem a ver a religião com o desprezo às mulheres, sua segregação e sua escravidão? Uma mesquita onde se reza a Alá é um lugar de culto. Uma mesquita onde, em nome de Deus, se glorifica a morte, é uma fábrica de intolerância, fundamentalismo e, em sua última conseqüência, terrorismo. Um imã é um ser espiritual. Mas um imã que usa a sua privilegiada condição espiritual para incitar a violência, é um delinqüente. Se a democracia quer manter os princípios da liberdade, não pode cair no liberalismo amoral, mas tem que tomar partido contra os inimigos da dita liberdade. Porque um cidadão muçulmano de nossos países é uma peça fundamental da condição multicultural de uma sociedade livre. Mas um fanático radical é, claramente, um inimigo. As sociedades democráticas têm que ter claro um princípio fundamental da democracia: que, apesar de nossa íntima cultura de maio de 68, o verbo proibir é uma garantia. Ou adequamos nossas liberdades aos limites que as garantam, ou, como diz o imã Bakri, poderão utilizá-las para nos destruir.
O que proponho? Aquilo que parece evidente e que, em pouca ou muita medida, começa a se fazer na Europa: considerar os terroristas como ideólogos do terror e, em conseqüência, seu processamento legal. É tão importante, para garantir a segurança democrática, caçar as células suicidas, como desmontar as redes intelectuais e culturais do integrismo. Redes que freqüentemente se alimentam de nossas ajudas sociais, transmutam-se em ONG’s solidárias, organizam-se em associações culturais e religiosas e inclusive conseguem ser os interlocutores de nossos próprios governos. Temos investigado, minimamente, as ONG's islâmicas que povoam nossas redes de internet? Conhecemos seus discursos antiocidentais e furibundamente anti-semitas? Parece evidente que a luta contra o terrorismo não pode nem deve produzir-se destruindo as liberdades individuais. Mas parece evidente, também, que nossos sistemas legais contêm margens de atuação que ainda não temos explorado seriamente. E não me refiro às atuações indecorosas que cortam, desnecessariamente, as liberdades individuais. Mas, entre um Guantánamo, e o liberalismo mais extremo, há um campo de atuação amplo, sensato e racional. Esse campo, em muitos países europeus, ainda é inexplorado. Policialmente temos começado a fazer as lições. Politicamente, socialmente e intelectualmente, estamos longe de assumir de forma prioritária nossa responsabilidade. Ao contrário. Hoje em dia, muitas das políticas, das declarações, das correntes de opinião, são, de forma inconsciente ou consciente, ativos aliados da loucura radical. A famosa e mítica frase de Martin Luther King, "o que me preocupa não é a maldade dos maus, mas o silêncio dos bons", está mais vigente do que nunca.
Quais são os buracos negros de nossa atuação coletiva? A primeira irresponsabilidade, na defesa das liberdades democráticas, produz-se no âmbito da atuação política, cujo duplo rasante em função dos interlocutores, foi letal. O exemplo do Oriente Médio é, neste sentido, paradigmático. Durante anos a Europa criminalizou Israel, a única democracia que existia na região, alimentou um discurso paternalista e heróico de Arafat e, com ele, de todos os movimentos palestinos, incluindo os terroristas, impediu o controle democrático das ajudas ocidentais, minimizou a ingerência de diversas ditaduras árabes no conflito — todas contrárias à paz —, e, pela via de defender interesses espúrios, ajudou, consolidou e mimou as diversas teocracias, ricas, fanáticas e ditatoriais, que dominam a região. Durante décadas temos abandonado os cidadãos muçulmanos à sorte dos regimes despóticos que os empobreceram e fanatizaram, e que não só não os preparou para a democracia, como os vacinou contra ela. Décadas de integrismo islâmico oficial, estruturado, convertido em pensamento único, e perfeitamente oficializado com seu assento na ONU e suas nobres alianças ocidentais, formaram o caldo da cultura de uma ideologia mortífera. É compreensível que cinqüenta anos de petróleo não tenham gerado nem um só prêmio Nobel? Mais ainda, é compreensível que a tragédia de milhões de mulheres submetidas aos códigos penais escravistas, não tenha preocupado nenhum ministro das Relações Exteriores europeu? E, o que dizer da ONU, autêntico amenizador de ditaduras infames que não só a tem seqüestrada em suas decisões, como também a utilizam para legitimizar aquilo que parece ilegítimo? Enquanto a ideologia totalitária do fundamentalismo islâmico ia crescendo nos bairros periféricos do Cairo, nos subúrbios de Karachi ou nos quarteirões luxuosos de Riad, o mundo ocidental enviava estas três mensagens letais: um ditador islâmico é um interlocutor (não assim um ditador fascista); a opressão da mulher não preocupa ninguém; e Israel é o principal culpado de todos os males. O âmbito político não só não tem estado à altura do direito internacional, como tem minimizado o terrorismo, dado cobertura ao despotismo fanático e não tem considerado o problema de que 1 bilhão e 300 milhões de muçulmanos vivem sem democracia no mundo. Ou seja, sem educação para a democracia.
Muitos seriam os exemplos que eu poderia apresentar, mas há um emblemático. A cobertura política, como referencial épico, intocável e inquestionável, de um líder violento, corrupto e ditatorial que levou os palestinos, durante décadas, pelos caminhos estéreis da guerra. Arafat foi o novo Che Guevara da Europa pós-maio de 68, e pela via de transformá-lo em mártir, se admitiu tudo. Inclusive fazer uma leitura maniqueísta do conflito árabe-israelense, criminalizar Israel em todas as suas decisões, e abandoná-la à sua sorte. O Hamas é, em parte, o resultado de nossas misérias. E poderíamos acrescentar a vergonha de querer julgar Sharon, mas não investigar nenhum só dos crimes cometidos pelas ditaduras do Oriente Médio, o abandono da tragédia de Darfur à sua própria sorte, ou as muitas genuflexões que fizeram alguns políticos europeus diante do conflito das caricaturas de Maomé. Por exemplo, o papel de Chirac, e isso apesar da enorme dignidade a imprensa francesa durante o conflito. Ou o triste papel de Zapatero, assinando um artigo quase de petição de perdão ao Islã. A última vergonha, protagonizada por outro espanhol, Javier Solana, quando, numa viagem à Arábia Saudita, enquanto se queimavam embaixadas, se proferiam ameaças de morte e se enchiam as ruas da confusa estética do fanatismo, defendeu que a islamofobia fosse equiparada, como delito, com o anti-semitismo. O professor Solana conseguiu, com isso, dar a imagem perfeita do europeu chamberliano: num país que destrói todos os direitos fundamentais, não disse nada da liberdade, banalizou o anti-semitismo como se fosse uma versão qualquer de racismo — com a qual, banalizou a Shoá —, e confundiu a liberdade de expressão de alguns desenhistas dinamarqueses, com a islamofobia. Ou seja, aceitou a pressão violenta dos grupos fundamentalistas islâmicos, como se fosse a maneira natural de debater os conflitos. Aceitou, portanto, a chantagem. O pior é que com este tipo de atitudes, e sob o pretendido guarda-chuvas de um bonito título, a aliança das civilizações, estamos deixando órfãos de representação os muçulmanos democráticos. Certamente, aliança das civilizações, mas com quem? Com o islamo-nazista Ahmadinejad, ou com a deputada Ayaan Hirsi?; Com os imãs que amotinam as ruas ou com a oposição democrática marroquina? Com Tariq Ramadan, ou com Salman Rushdie?
Se no âmbito político, não parece que estejamos à altura, o âmbito intelectual carece de alguns dos princípios que teriam que reger sua responsabilidade histórica. Neste sentido, o papel dos intelectuais como vanguarda do pensamento, foi, em muitos casos, deplorável. Autênticos artífices da criação de um pensamento antiisraelense projetaram uma imagem paternalista dos ativos terroristas islâmicos, confundiram causas legítimas com ideologias perversas e relativizaram o impacto que tudo isso podia comportar. Quer dizer, não estiveram, globalmente, e salvo as notáveis exceções que conhecemos, à altura das circunstâncias. É certo que se elevaram as vozes dos Glucksmann e os Alain Filkenkraut, mas também é fato que as universidades, os pensadores politicamente corretos e os foros de opinião preferiram escutar os Saramagos. Alguns Saramagos que choravam com o olho esquerdo cada vítima palestina em mãos israelenses, mas nunca choraram os mais de cem mil mortos do integrismo na Argélia, o milhão de mortos da loucura fundamentalista sudanesa, as centenas de mortos palestinos em mãos árabes, ou os milhares de libaneses cristãos assassinados por palestinos. Certamente, por não chorar, nunca choraram nem uma só vítima israelense, nem globalmente judia. Olhemos o último e terrível caso de Ilan Halimi e o fato, denunciado por Primo-Europa, em sua carta ao ministro Nicolas Sarkosy. Reproduzo um parágrafo:
“Ilan Halimi tinha 23 anos. Ele foi seqüestrado, torturado, depois morto. Tal assassinato foi precedido de diversas tentativas de seqüestro. 80% das vítimas da gang dos bárbaros (sem aspas) pertencem à comunidade judaica, que representa 1% da população francesa. As cifras não deixam lugar à alguma dúvida, à alguma negação”.
Contudo, temos observado o alarme intelectual pelo crescente anti-semitismo que sofrem nossas sociedades? O que teria ocorrido se as vítimas fossem de condição muçulmana? Determinada intelectualidade pratica uma indecente solidariedade seletiva.
Essa solidariedade seletiva, em função de quem morre e de quem mata, é a metáfora da traição intelectual. Uma traição que comportou o abandono da causa feminina, o abandono da luta contra a judeufobia e, o que é ainda pior, o abandono da defesa global da liberdade. Entre o dogmatismo antimoderno dos herdeiros do stalinismo, e o relativismo moral dos gurus do pensamento fraco, o mundo intelectual não foi capaz de criar uma consciência coletiva diante do desafio que nos ameaça.
O que podem fazer as democracias frente à loucura terrorista? Pergunta-se a este Congresso como mantemos nossas liberdades e, por sua vez, protegemos a segurança? Estas seriam minhas propostas básicas de atuação:
1.- Revisar os códigos penais e civis, para adequá-los à nova ameaça da qual padecemos. Isso implica no processamento legal de toda a rede ideológica e social do fundamentalismo islâmico, incluindo imãs que promovam a violência, ONG’s que a exaltam e todo tipo de propaganda que estimule a destruição dos valores democráticos. O fundamentalismo islâmico é uma forma de fascismo. Tem que ser tratado como o que é, uma ideologia totalitária que declarou abertamente a guerra à Carta de direitos fundamentais. Perseguir policialmente os autores dos atos terroristas, e não perseguir os ideólogos assentados em nossas sociedades e que gozam de todos os instrumentos democráticos para sua cruzada, é um erro que estamos pagando. Neste sentido, qualquer paternalismo para o fundamentalismo, com a sã intenção de proteger a multiculturalidade, é uma autêntica irresponsabilidade. A democracia tem que garantir a pluralidade de culturas de nossas sociedades. Com a mesma intensidade, tem que combater aqueles que usam essas culturas como desculpa para impor uma ideologia totalitária.
2.- Considerar a luta contra o anti-semitismo como uma prioridade política, intelectual e, é claro, policial. Por que o anti-semitismo como prioridade, e não o racismo ou a islamofobia ou qualquer expressão de xenofobia? Porque o anti-semitismo é, de todas as formas de intolerância, a que mais matou na história, a que conformou uma autêntica escola de ódio, e a única que foi capaz de criar uma indústria de extermínio. Poderíamos dizer que o anti-semitismo é a escola primeira da intolerância e que o fato de que hoje, no mundo, volta a ser um fenômeno em claro apogeu, é um indicador da gravidade da situação. Um termômetro que avisa da febre que padecemos. Um bilhão e 300 milhões de cidadãos estão sendo educados, de forma sistemática, no ódio a um povo cuja dimensão não chega aos 13 milhões de pessoas. Num estudo sobre o anti-semitismo islâmico intitulado "Viagem ao inferno", que tive a honra de preparar para o Centro Simon Wiesenthal de Paris, me expressei nestes termos: "o anti-semitismo islâmico conseguiu unir todos os lugares-comuns da judeufobia, dos religiosos, até os sociais ou políticos, e assim se encontram em alegre companhia desde os mitos infantis do anti-semitismo medieval cristão, passando pelos político-sociais da Okhrana russa em seus "Protocolos", até os modernos do anti-sionismo (entendido como combate contra o ‘imperialismo’) ou os próprios mitos corânicos". São tão populares as Suras dedicadas aos judeus, como lidos são o "Mein Kampf" ou os próprios Protocolos, e isso, da Síria até a Malásia, do Sudão até a Palestina. Não só não existe uma revisão dos preconceitos históricos, como personagens de sinistro passado tais como o antigo grão mufti de Jerusalém, Haj Amin Al Husseini, o amigo pessoal de Ribbentrop, Rosenberg e Himmler, responsável pelo esquadrão "Hanjar" que provocou a matança de 90% dos judeus bósnios e responsável também por haver pressionado Adolf Eichman, para que não pactuasse com o governo britânico a troca de prisioneiros de guerra alemães por 5.000 crianças judias, que deviam ser embarcadas para a Terra Santa, e que viajaram para a Polônia, são considerados heróis épicos. Como disse o estudioso do fenômeno Patrício Brodsky, "o antijudaísmo na mundo árabe alcança a categoria de sentido comum", "ocupa um lugar central no pensamento hegemônico dominante — único — na totalidade dos países árabes, e, pela via da interação dos preconceitos construída como política de Estado, vai criando lentamente o consenso de que "os judeus não são parte da humanidade". Daí resulta fácil a educação massiva no estigma, o preconceito e o ódio aos judeus. Na maioria dos casos, esse ódio vai da mão do ódio aos ocidentais. De toda forma, não é o judeu o paradigma dos valores ocidentais? E assim temos contemplado, sem elevar nenhuma só resolução condenatória, como a televisão pública egípcia apresentava, em pleno Ramadã, uma série baseada nos Protocolos e o mito do complô judaico internacional, como se ensina a odiar os judeus nos livros de texto palestinos que financiamos com dinheiro europeu ou mais próximo ainda, como em sete países europeus, acaba de estrear a produção mais cara da história do cinema turco, "O Vale dos Lobos-Iraque". Esta película, que se pode ver em 68 cinemas da Alemanha, relata fatos como o assassinato em massa de crianças e mulheres iraquianas para enviar seus órgãos a Israel, em linda conexão com o mito cristão medieval dos judeus bebedores de sangue de crianças cristãs. Protagonizada pelo famoso ator turco Necati Sasmaz, relata a luta heróica do agente turco Polat Alerndar contra Sam Marshall, um comandante das forças especiais norte-americanas que atua como vice-rei da região. Marshall é um sádico que não tem escrúpulos em assassinar, deportar e torturar civis para impor a hegemonia dos Estados Unidos. Um dos comparsas de Marshall é um médico judeu — uma espécie de doutor Mengele — que trabalha na prisão de Abu Ghraib e pede ao vilão que não lhe envie prisioneiros moribundos porque precisas deles vivos para tirar-lhes os órgãos. Este libelo merecedor de um espaço de honra na biblioteca de Goebbels, não só é um êxito na Turquia, como também o é na Alemanha turca! E não parece que acontece nada...
Combater, pois, o anti-semitismo tem que ser uma prioridade em nossas sociedades, porque é a porta de entrada do desprezo a todos os valores que nos representam. Aprendendo a odiar os judeus, se aprende a odiar.
3.- Na mesma hierarquia de prioridades, é fundamental fortalecer nosso compromisso democrático com os direitos da mulher, porque a escravidão da mulher é a pedra angular do discurso fundamentalista. Se aprendendo a odiar os judeus, as crianças muçulmanas aprendem a odiar os princípios da tolerância, aprendendo a depreciar a mulher, são educados no desprezo à igualdade. Quando a própria mãe, a própria filha, a própria esposa não estão em um plano de igualdade e respeito, porém que possam ser submetidas, desprezadas e segregadas, a sociedade se fundamenta numa profunda miséria moral. O marido dominante pode ser, por sua vez, o servo dominado, e assim até chegar à perda absoluta da identidade. Sustento, com convicção, que a misógina islâmica é a base da cultura do martírio. O problema não é menor quando encontramos, em nossos próprios bairros periféricos, um aumento alarmante do machismo mais violento. Não é uma casualidade e vem ao lado do aumento do integrismo. Com certeza, também aqui estamos fracassando, e permitimos, com a desculpa de respeitar o Islã, um autêntico retrocesso dos direitos das mulheres.
O que dizer, além disso, da bondade com que toleramos que existam no mundo dezenas de países cujos códigos penais convertem as mulheres em escravas? Toleraríamos uma nova África do Sul racista? E, no entanto, toleramos alegremente as Arábias, o Qatar, o Irã do preconceito feminino. Não é um tema fútil, mas um autêntico tour de force entre o Islã e a democracia, daí a importância das proibições como o do véu nas escolas francesas. A França deu alguns passos, mas a maioria dos países está permitindo, tolerando e até "compreendendo" a segregação de nossas mulheres muçulmanas.
4.- Na mesma linha de recuperação de valores, também é fundamental que nossa imprensa e nossa intelectualidade deixem de criminalizar o Estado de Israel, porque por esse caminho a única coisa que conseguem é enviar mensagens equivocadas ao mundo islâmico, legitimar os discursos das tiranias judeófobas da região, e abandonar os caminhos da paz. Não se fica mais próximo da paz minimizando o terrorismo palestino. Nem se fica mais próximo da causa palestina. Só se está mais próximo da demagogia integrista.
5.- E, se for necessário, pressionar com mais seriedade os países que tiranizam seus cidadãos e os educam no fanatismo. O principal inimigo do Islã é a falta de liberdade. E, por extensão, é nosso principal inimigo. Entendo que a geopolítica não assume valores, mas interesses. Mas a Europa, não foi demasiado compreensiva com a implicação da Síria e do Irã na logística terrorista? Não é demasiado indiferente com a loucura sudanesa? Nem a ONU está à altura do momento, muito entretida em demonizar Israel para preocupar-se com umas quantas ditaduras árabes, que seqüestram sua assembléia geral, nem o estão a maioria de nossos próprios países. Ainda não entendemos que o Irã não é um país exótico, com idéias feudais e um pouco de extremismo. O Irã, como outros países da região, é uma grande fábrica de ódio antiocidental, antidemocrático e anti-semita. É a Alemanha nazista do século XXI, passado pelo filtro do discurso islâmico.
6.- Finalmente, podemos retirar direitos individuais, em matéria de vigilância, detenção, controle, para garantir a segurança? Este debate, na maioria dos países, está sendo realizado em termos enganosos. De fato, a democracia revisa permanentemente suas leis para adequar-se aos desafios que a sociedade cria, e os códigos penais são aparados ou reformulados em função de cada momento. Ou não temos tirado direitos na luta contra o maltrato, para colocar o exemplo mais abrupto? Se hoje temos uma ameaça que viaja de metrô ou de trem, ou voa em aviões conduzidos por máquinas de matar humanas, como não vamos tirar alguns direitos individuais? Como não vamos aumentar os controles e a pressão policial? Não estamos destruindo a democracia, estamos reforçando suas fendas. De fato, a estamos defendendo. O difícil é saber medir os limites.
"A tirania totalitária não se edifica sobre as virtudes dos totalitários, mas sobre as falhas dos democratas", assegurou Albert Camus faz já algumas décadas. E aí temos o medo de alguns dirigentes europeus por uns simples desenhos de Maomé. Longe de combater os fanáticos, decidimos restringir a liberdade. Quem vai desenhar, agora, Maomé? Aí temos o Solana falando de islamofobia na Arábia onde se destroem todos os direitos fundamentais. Aí temos a bonita Rússia tomando chá com o Hamas. Aí temos o Kofi Annan mais preocupado com a democracia israelense que com as dezenas de tiranias. Aí temos nossas misérias ao sol, e dessas misérias se alimenta a hidra totalitária. Camus e a consciência. É disto que se trata. De recuperar a consciência da razão frente ao fanatismo, a tolerância frente ao ódio, a cultura da vida frente ao culto da morte. E de recuperar a consciência de nossa responsabilidade com a liberdade. Novamente Camus e com ele finalizo:
"Apesar das ilusões racionalistas, e inclusive marxistas, toda a história do mundo é a história da liberdade."
PILAR RAHOLA
Tradução: Szyja Lorber
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Pilar Rahola
27/02/2006
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Re: La democracia herida. Conferencia de París
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Excelente texto. Ojalá pudiese difundirse de manera más amplia.
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Autor : sergio
Data de publicació : 20/04/2009 22:17:10
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